En Concordia, la discusión por la salud mental volvió a encenderse con fuerza. La Provincia declaró la emergencia y la urgencia, el Municipio adhirió, y quedaron las cintas amarillas, los discursos y una pregunta que duele: ¿dónde está la asistencia?
La crítica no se anda con vueltas: habla de un país que se endeuda para comer, de un hombre cansado de llevarse puesto y de una ciudad que, según esa lectura, encara la pobreza con una dureza que ya no se puede ignorar. No es un detalle menor cuando se habla de prevención.
En el mes amarillo de la prevención del suicidio, se repite hasta el cansancio que hablar salva vidas. Pero la advertencia es directa: no alcanza con hablar, hay que hacer, y vos que te lo leés, pensá que el discurso no cura.
El marco legal está: la Ley 27.130 ordena la prevención, la asistencia y la posvención del suicidio. El Estado, garante del derecho a la salud, tendría que convertir esa norma en programas reales, no en fotos con cintas amarillas.
La bronca se apoya en un dato que pesa: la crítica menciona el despido de 400 empleados públicos, que se suman a los despidos privados, el ajuste a jubilados y trabajadores y el futuro de los jóvenes más perjudicados; contrasta congresos de prevención con una ciudad donde, según esa denuncia, hay cada vez más gente que come de la basura. Mirá que no es un reclamo menor cuando se habla de desesperanza.
Tampoco alcanza con un equipo pequeño en una ciudad de 200.000 habitantes para trabajar de modo genérico la salud mental y el bullying en algunas escuelas. La denuncia sostiene que eso no es prevención, sino una respuesta insuficiente ante una problemática enorme.
Hasta la fecha, no se conoce ningún nuevo programa ni refuerzos de psicólogos ni psiquiatras que hayan surgido de la emergencia, al menos en Concordia. No consta un descargo oficial de las autoridades que explique la distancia entre la urgencia declarada y los turnos que no llegan.
El golpe final es práctico: hoy sigue siendo imposible conseguir un turno con la inmediatez que exigen las circunstancias apremiantes en salud mental, en ningún hospital de Concordia. Quien pide ayuda psicológica se enreda en una lista de espera que parece no tener fondo, y ahí se cae el discurso.
Acá no se trata de convertir el dolor en espectáculo, ni de cargarle a la tristeza lo que es responsabilidad de política pública. Se trata de que la emergencia deje de ser una foto y pase a ser un servicio, un turno, un psicólogo y un acompañamiento que funcione cuando la persona ya no puede más.


