Hay una tormenta social que avanza sin que nadie la detenga. Los suicidios se convirtieron en la principal causa de muerte violenta en Argentina desde 2023, superando a los homicidios dolosos y a las víctimas de accidentes de tránsito. No es un dato menor: es una señal de época que incomoda y que muchos prefieren no mirar de frente.
Los números no mienten. Del 2024 al 2025 los casos de suicidio dieron un salto del 22%, pasando de 4.249 a más de 5.100 casos en todo el país. El ascenso es ininterrumpido desde la pandemia y la tendencia no muestra señales de frenarse. En ese contexto, Entre Ríos registró en 2025 la mayor tasa de suicidios del país, superando ampliamente la media nacional. Un dato que duele y que obliga a preguntar qué está pasando en la provincia.
En Concordia, el panorama es concreto y alarmante: entre enero y junio se registraron 30 suicidios, una cifra que ya roza los 35 casos contabilizados durante todo 2025. La franja etaria más golpeada es la de 22 a 30 años, y enero fue el mes más trágico con 10 casos, un tercio del total del semestre. No es la única ciudad afectada en la región: San José, en el departamento Colón, también sufre este flagelo de manera intensa.
El otro extremo de la pirámide también sangra. Unos seis millones de jubilados argentinos no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas. Carlos Dawlowfki, jubilado, lo resume sin vueltas: “Tomo seis medicamentos y a veces debo saltarlos porque no alcanza el dinero. No me regalaron nada, aporté al país y me siento humillado”. El ajuste fiscal del gobierno de Javier Milei desaceleró la inflación, pero el costo de ese ajuste lo pagaron los adultos mayores con la jubilación mínima. Cada miércoles, en Buenos Aires, los jubilados vuelven a salir a la calle a reclamar lo que el sistema les prometió y no les cumple.
Y en el medio, los jóvenes. Un informe del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, dirigido por el investigador Juan Cruz Esquivel, revela que casi la mitad de los jóvenes argentinos vive en condiciones de vulnerabilidad. Dos de cada diez jóvenes vulnerables no trabajan ni estudian. Pero lo más grave no es eso: un tercio de quienes no tienen empleo ni estudian dejó de buscar trabajo. No es vagancia, es desánimo estructural. Como explica Esquivel, “el mercado laboral ya no es percibido como un espacio de inclusión accesible”. Entre los jóvenes que declaran no tener trabajo, solo cuatro de cada diez buscan activamente uno.
Tres crisis que se superponen y se retroalimentan: adultos mayores que no pueden comer bien ni medicarse, jóvenes que dejaron de creer que el sistema tiene lugar para ellos, y una tasa de suicidios que sigue trepando sin que la agenda pública le preste la atención que merece. La vulnerabilidad social no es un concepto abstracto: tiene nombre, tiene edad y, cada vez más, tiene un final que nadie debería normalizar.


