El dato llega la semana que viene y ya nadie en el Gobierno intenta disimular la expectativa: la inflación de agosto podría marcar 1,6%, el registro más bajo en más de un año. La última vez que el índice tocó ese número fue en junio de 2025. De ahí en más, fue escalada casi sin pausa hasta el pico de 3,4% en marzo, y desde entonces el descenso fue lento pero sostenido.
Las consultoras cerraron sus mediciones con números que van en la misma dirección. Eco Go proyecta 1,5%; C&T y OJF, 1,6%; Analytica, 1,7%; y Fiel, 1,8%. El Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central arroja 1,8%, pero en los despachos oficiales la cifra que circula es más optimista todavía: 1,6%. En julio el índice había dado 2,1%, con lo cual la desaceleración sería significativa.
El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, le puso palabras al momento este martes: “Ahora estamos viendo cómo baja la inflación en Argentina”. Una frase que en la Casa Rosada no pasó desapercibida. El ex presidente del Banco Central Guido Sandleris tiene una imagen para explicar el proceso: la desinflación es como una pelota lanzada desde lo alto de una escalera, cae, rebota y sigue bajando. El rebote ya ocurrió. La pregunta es si el descenso ahora es definitivo.
El Gobierno no llegó a este punto sin intervenir. Demoró la publicación del nuevo IPC del Indec, usó herramientas de YPF para no trasladar los aumentos de las naftas en el peor momento de la escalada internacional, y vendió futuros para contener el tipo de cambio. Ahora que la inflación cede, el interrogante es si relajará alguna de esas palancas. La actualización del IPC, por caso, es un compromiso asumido con el FMI.
El desafío de fondo no es nuevo: bajar la inflación sin caer en recesión, sin atrasar el tipo de cambio y sin pisar tarifas indefinidamente. En ese equilibrio, el Gobierno tomó algunos recaudos. La política fiscal este año es marginalmente más laxa que en 2024: el superávit primario en términos reales disminuyó, según el economista Nadín Argañaraz. La tasa de caución bajó al rango de 20%-21% luego de haber llegado a 28%, lo que implica más liquidez disponible para que las empresas paguen salarios de fin de mes. Y el tipo de cambio minorista se deslizó a los $ 1.535.
Lo que el Gobierno cuida con especial atención es no repetir el error de 2025: volcar liquidez de más y alimentar una corrida cambiaria. La economía argentina hoy crece a un ritmo significativamente menor al de hace un año y opera con una cantidad de dinero circulante que es 15% más baja en términos interanuales. Eso, en la lógica oficial, es una señal de eficiencia en el uso de los pesos, no de debilidad. Si la inflación de agosto confirma el piso esperado, las consecuencias no serán solo económicas. También serán, inevitablemente, políticas.


