Pasó en General Rodríguez, provincia de Buenos Aires, y todavía deja una pregunta que no cierra: cómo una mujer de 30 años desapareció de la vista de todos y apareció muerta en un baldío.
La autopsia preliminar determinó que murió por asfixia mecánica, con una compresión en el cuello compatible con una estrangulación a la lazo. El estudio forense indicó que sufrió una falla cardíaca como consecuencia de la asfixia.
Su pareja, Iván Lucero, fue indagado y se negó a declarar, sin dar su versión, ante la fiscal Alejandra Rodríguez, titular de la Unidad Funcional de Instrucción N°9 del Departamento Judicial Moreno-General Rodríguez. Quedó detenido, acusado de homicidio doblemente agravado por el vínculo y por mediar violencia de género.
El perito fijó un intervalo post mortem de 48 a 72 horas, según la evaluación hecha ayer a las 16. El cuerpo presentaba una lesión circunferencial en la región cervical, hematomas y heridas en el rostro y la cabeza.
Entre las lesiones, el informe consignó un hematoma en el cuero cabelludo, otro en el ojo izquierdo, lesiones en la región malar, una fractura de los huesos de la nariz y heridas en el labio inferior y la comisura labial. Todas fueron consideradas vitales y coetáneas, es decir, se produjeron con vida y durante el mismo episodio.
Tampoco se detectaron signos típicos de defensa. En la autopsia se tomaron muestras de debajo de las uñas de ambas manos para estudios genéticos, además de sangre para análisis toxicológico. También se extrajeron muestras de pulmón y piel para anatomía patológica.
Estefanía Monzón había sido vista por última vez el lunes, cuando llevó a sus tres hijas, de 6, 11 y 13 años, a la escuela del barrio Los Perales, en General Rodríguez. La alarma se activó cuando nadie fue a retirar a la menor.
La madre de la víctima denunció su desaparición al día siguiente. Las autoridades se dirigieron a la casa que Estefanía compartía con su pareja, en la calle Rafael Obligado al 100. Allí quedaron la bicicleta, la cartera, los auriculares y la billetera de la mujer, aunque su teléfono celular no fue encontrado.
Los agentes hallaron manchas de sangre en distintos sectores de la vivienda. El hombre tenía lesiones en una mano, los nudillos y un antebrazo, que quedaron bajo análisis dentro de la causa. Fue trasladado a una dependencia policial.
La inspección siguió y el cadáver fue encontrado ayer en un terreno baldío lindero a la vivienda, oculto entre objetos. Antes, bomberos tácticos habían revisado la pileta del predio, sin resultados. En el rastrillaje participaron policías, bomberos, Defensa Civil, efectivos de Infantería y perros entrenados para detectar restos humanos.
Las tres hijas de Monzón fueron entrevistadas en Cámara Gesell. Según consta en la investigación, las niñas relataron situaciones de violencia que su madre habría padecido. “Era malo con mamá”, declararon.
María José, amiga de la víctima, aseguró que ella y el hombre estaban separados, aunque él seguía viviendo en la casa porque no tenía adónde ir. Ese dato no cambia la gravedad del hecho, pero sí instala una pregunta incómoda: por qué la convivencia se mantuvo en una casa que ya no era de pareja.
Lo que queda, más allá del silencio de la pareja, es una herida que no se cierra con una autopsia: una mujer de 30 años, tres niñas que vieron la escuela como un lugar seguro y una comunidad que volvió a entender lo que ya sabía. Vos entendés que cuando la violencia doméstica se naturaliza, el riesgo no es abstracto; se instala en la casa, en la rutina, en la esquina. Y cuando aparece el femicidio, la pregunta no es solo quién lo cometió, sino cuánto tiempo se lo dejó pasar.


