Dos discursos, dos visiones del mundo que no se tocan. En la Asamblea General de la ONU, Donald Trump dejó en claro que Washington no viene a negociar: viene a imponer. Y el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva le respondió desde el mismo estrado con una frase que resonó en toda la sala.
Trump fue directo, sin rodeos. “Estados Unidos ya no permitirá que las amenazas contra América ganen terreno en ningún lugar del hemisferio occidental”, dijo, y agregó que, de ser necesario, su país usará “el poderío militar sin igual” para defender los intereses nacionales de Washington. No fue una metáfora: fue una advertencia explícita lanzada ante los representantes de casi doscientas naciones.
Como caso testigo de su política regional, el mandatario estadounidense exhibió a Venezuela. Recordó la operación que derivó en el arresto del presidente Nicolás Maduro, a quien calificó de “dictador y criminal”, con la mandataria encargada venezolana Delcy Rodríguez presente en la sala. Celebró además haber firmado con las nuevas autoridades venezolanas “el mayor acuerdo petrolero de la historia” y no disimulo quién se queda con la tajada: “Al vencedor le pertenecen los despojos”, graficó, con una crudeza que pocas veces se escucha en ese foro.
Con Cuba fue igual de contundente: “El régimen comunista está bajo una fuerte presión. Caerá”, declaró, mientras la delegación cubana abandonaba la sala en señal de protesta. Y sobre México dejó una amenaza velada: dijo que ese país es “el epicentro de la violencia de los carteles” y que debe recuperar el control de su territorio, aunque aclaró tener una relación cordial con la presidenta Claudia Sheinbaum.
La respuesta no tardó. Lula da Silva, en su décima y última intervención ante la Asamblea General en su mandato actual, eligió la claridad por sobre la diplomacia: «Brasil no cabe en el patio trasero de nadie». Sin nombrar a Trump directamente, denunció las «tentaciones hegemónicas» de «la mayor potencia del mundo» y advirtió que América Latina necesita socios con una agenda positiva, no presiones externas. También alertó sobre «injerencia externa en procesos electorales» y sentenció que «la democracia está nuevamente en jaque».
Dos líderes, dos lecturas opuestas del orden internacional. Lo que quedó claro en la jornada es que el tablero de América Latina está más disputado que nunca, y que las palabras en la ONU, esta vez, tuvieron el peso de las que no se dicen para quedar bien.


