Una semana entera, 150 alumnos del Colegio del Salvador, no solos sino acompañados por docentes, directivos y familias, se repartieron por seis comunidades de Concordia para poner el cuerpo donde más se necesita. Sin cámaras que los busquen, sin discursos: con pintura, herramientas y tiempo.
Las organizaciones que reciben este voluntariado son Por el Silencio, en el barrio El Silencio; Manos Abiertas, en Benito Legerén; Casa Emaús, en Carretera La Cruz; y las parroquias Nuestra Señora de la Merced, Nuestra Señora del Valle y San Pantaleón. Seis puntos de la ciudad donde la necesidad es concreta y la ayuda, bienvenida.
El trabajo es de los que dejan marca. Los estudiantes participan de tareas de pintura y reparación en escuelas, jardines de infantes, capillas y espacios comunitarios; construyen puentes, reparan cercos, alambrados y pisos; hacen carpintería, herrería, huerta y jardinería. También mejoran merenderos y otros espacios de encuentro. No es trabajo simbólico: es trabajo real.
Pero el voluntariado no se queda en lo material. Los chicos comparten juegos y meriendas con niños de los barrios, participan de actividades comunitarias y propuestas de catequesis, y acompañan a adultos mayores. Esa dimensión humana, la de sentarse con el otro y escucharlo, suele ser la que más transforma a quien va a ayudar.
La iniciativa la impulsa el Movimiento Amar y Servir, integrado por alumnos de los últimos años del secundario y exalumnos del Salvador. El nombre no es casual: viene del lema ignaciano “En todo amar y servir”, la brújula que guía la espiritualidad jesuita desde hace siglos. Este año el movimiento visita Concordia por tercer año consecutivo, lo que dice bastante sobre la continuidad del compromiso y la recepción que encuentran en la ciudad.
Tres ediciones, seis comunidades, 150 estudiantes que eligen pasar una semana así. En un tiempo en que el voluntariado genuino escasea, este tipo de iniciativas merece ser contada.


