Casi un cuarto de siglo de trabajo para tener un techo propio. Eso es lo que le cuesta hoy a una familia argentina acceder a una vivienda, según un relevamiento que midió la relación entre el precio de las propiedades y los ingresos familiares en 181 economías del mundo.
El resultado es tan contundente como incómodo: Argentina quedó en el puesto 169, con un indicador de 22,7 años de ingresos necesarios para comprar una casa. Para ponerlo en perspectiva, ese número prácticamente duplica el promedio global relevado por ONU Hábitat. Mientras en buena parte del mundo una familia puede proyectar la compra de su vivienda en una década o algo menos, acá la cuenta da vuelta la vida entera.
El dato no sorprende a nadie que haya intentado comprar en los últimos años, pero verlo en números duros y en comparación internacional le da otra dimensión al problema. No es solo que los salarios son bajos o que los inmuebles son caros: es que la brecha entre ambos es una de las más grandes del planeta. Ciento sesenta y ocho países tienen una ecuación más favorable que la Argentina para sus habitantes.
La vivienda lleva décadas siendo una deuda estructural en el país. Los créditos hipotecarios desaparecieron con la inflación, los alquileres se dispararon, y el acceso a la propiedad quedó reservado para quienes heredan, tienen ahorros en dólares o acceden a algún programa estatal que, históricamente, nunca alcanzó para cubrir la demanda real. El regreso de los créditos UVA en los últimos tiempos abrió una ventana, pero con tasas y cuotas que siguen siendo inaccesibles para gran parte de los trabajadores.
Con 22,7 años como umbral, el sueño de la casa propia no es solo difícil: para millones de argentinos, es directamente inalcanzable dentro de una vida laboral activa. El informe pone en blanco y negro lo que muchas familias ya saben de memoria.


