Hay frases que cortan el debate y ponen los pies en la tierra. Ballejos, secretaria de Gestión Social del Ministerio de Desarrollo Humano de Entre Ríos, tiró una de esas: “Mientras discutimos el sistema, hay escuelas donde los chicos desayunan una manzana en invierno o mate cocido con un pedazo de pan”. No hay mucho para agregar.
La funcionaria no habló de estadísticas ni de partidas presupuestarias. Habló de una manzana. En invierno. Para un chico que arranca el día en la escuela. Esa imagen vale más que cualquier informe técnico y, al mismo tiempo, es la acusación más dura que se le puede hacer a un sistema que lleva décadas prometiendo transformaciones que no llegan.
El contraste que plantea Ballejos es brutal: mientras los debates sobre el modelo educativo, la gestión de los fondos y la distribución de responsabilidades entre Nación y provincia se estiran en comisiones y conferencias, hay comedores escolares que no alcanzan a cubrir lo básico. Mate cocido con pan como desayuno no es una anécdota: es el termómetro real de hasta dónde llega —o no llega— el Estado en los sectores más vulnerables.
La declaración no apunta a un responsable en particular, pero la pregunta queda flotando: ¿quién tiene que hacerse cargo de que eso cambie? La secretaria dijo que esa es “la realidad que tenemos que transformar”. El verbo en plural distribuye la responsabilidad, pero también la diluye. Transformar requiere decisiones concretas, presupuesto y voluntad política sostenida en el tiempo, no solo diagnósticos bien formulados.
En Entre Ríos, la situación alimentaria en las escuelas de los sectores más postergados es un tema que reaparece cada invierno con la misma urgencia y, muchas veces, con las mismas respuestas insuficientes. La declaración de la funcionaria al menos tiene el mérito de no maquillarlo: nombrar la manzana solitaria en el frío es, por lo menos, un punto de partida honesto.


