La paritaria de empleados de comercio llegó a un acuerdo: 5,7% de aumento distribuido en tres tramos y una asignación extraordinaria de $50.000. No es un número para festejar con globos, pero es lo que hay sobre la mesa en un contexto donde la inflación sigue siendo el árbitro silencioso de cada negociación.
El acuerdo rige desde julio y las partes pactaron volver a sentarse en octubre para revisar cómo evolucionó la economía. Esa cláusula de revisión es, en la práctica, el reconocimiento implícito de que nadie sabe bien qué va a pasar con los precios en los próximos meses. Una paritaria con fecha de vencimiento corta, atada al termómetro económico.
El bono de $50.000 funciona como un colchón inmediato para los trabajadores del sector, aunque su impacto real dependerá de cómo se comporte el costo de vida en el período que cubre el acuerdo. Los tres tramos escalonados buscan distribuir el impacto a lo largo del tiempo, una fórmula que los gremios aceptan cuando la negociación no da para más y los empleadores no quieren comprometerse con un número único de golpe.
El sector de comercio es uno de los más sensibles al pulso del consumo popular: cuando la gente tiene plata en el bolsillo, las cajas registradoras suenan; cuando no, el silencio se siente en cada local. En ese marco, la paritaria no es solo un número entre sindicato y cámara empresaria: es un termómetro de cómo está parado el trabajador de a pie frente a la góndola. La reunión de octubre dirá si este acuerdo alcanzó o si hay que volver a negociar sobre la marcha.


