Los números no mienten, y estos duelen. Un informe de la Secretaría de Trabajo reveló que durante el último trimestre de 2025, el 16,9% de las empresas del país redujo su dotación de personal. Traducido a personas: 50.000 empleos registrados se evaporaron en apenas tres meses.
Pero el dato que más preocupa no es solo el de los despidos. Lo que enciende una alarma de fondo es la otra cara del informe: la creación de nuevas empresas cayó a uno de los niveles más bajos de toda la serie histórica, comparable apenas con los registros del año 2002, en plena crisis post-convertibilidad. Que la Argentina de hoy aparezca en ese rango no es un detalle menor: es una señal sobre el estado real del tejido productivo.
El empleo registrado viene siendo uno de los termómetros más fieles de la economía. Cuando las empresas no solo no contratan sino que además cierran o achican, el mercado laboral formal se contrae por los dos extremos: menos puestos nuevos y más pérdida de los existentes. El resultado es una presión creciente sobre el empleo informal y sobre los hogares que dependen de ingresos estables.
¿Qué sectores concentraron los recortes? El informe no desagrega ese dato, pero la tendencia general habla de un ajuste extendido y no focalizado en una sola actividad. Eso lo hace más preocupante: no es una crisis sectorial, es un enfriamiento transversal.
La caída en la creación de firmas es quizás el indicador más revelador sobre las expectativas de los inversores y emprendedores. Cuando el número de nuevas empresas se derrumba a mínimos históricos, es porque quienes tienen capital prefieren no arriesgarlo. Esa desconfianza tiene consecuencias que se arrastran por años: menos competencia, menos innovación, menos puestos de trabajo en el mediano plazo.
El trimestre octubre-diciembre de 2025 quedará marcado, entonces, como uno de los períodos más complicados para el empleo formal argentino en más de dos décadas. Los datos están sobre la mesa; lo que sigue depende de las decisiones que se tomen a partir de ellos.


