El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de un quinto del petróleo mundial, volvió a quedar en el centro de la tormenta. Estados Unidos lanzó nuevos ataques contra Irán en respuesta a lo que Washington calificó como agresiones contra embarcaciones en ese paso marítimo estratégico, y la escalada no parece tener techo claro.
Donald Trump fue contundente: advirtió que si los incidentes continúan, la respuesta norteamericana será todavía más intensa. No hubo margen para la diplomacia en sus palabras. Del otro lado, Teherán respondió con una amenaza que pone los pelos de punta a los mercados globales: el cierre del estrecho de Ormuz, el cuello de botella por el que pasa una porción decisiva del suministro energético del planeta.
La tensión entre las dos potencias lleva meses en ebullición, pero los nuevos ataques marcan un salto cualitativo en la confrontación. Cada acción militar genera una reacción, y el ciclo se retroalimenta con una velocidad que preocupa a los analistas internacionales. Irán sabe que el estrecho es su carta más poderosa: cerrarlo sería un golpe directo a la economía mundial, aunque también implicaría consecuencias severas para el propio régimen.
Lo que está en juego no es solo un intercambio de golpes entre dos países. Si el estrecho de Ormuz se cierra, aunque sea parcialmente, el precio del petróleo se dispara, las cadenas de suministro se tensan y el impacto llega hasta los bolsillos de consumidores en todo el mundo, incluida Argentina. La geopolítica del Golfo Pérsico nunca fue un asunto lejano, y esta crisis lo confirma una vez más.
Por ahora, los ataques estadounidenses se presentan como una represalia acotada, pero la retórica de ambas partes deja poco espacio para la desescalada. El mundo observa con atención cómo evoluciona una situación que, de agravarse, podría redefinir el mapa energético y militar de la región en los próximos meses.


