Seis meses de guerra con Irán y el precio del diésel en Estados Unidos acaba de escribir un nuevo capítulo amargo: 5,85 dólares por galón, el valor más alto jamás registrado en ese país. No es un número abstracto. Es el costo que mueve camiones, trenes y buques, y que tarde o temprano termina en la góndola del supermercado.
El gasoil es el combustible invisible que sostiene casi toda la cadena de distribución de mercancías. Cuando su precio sube, sube todo lo que se transporta: frutas, verduras, carnes, ropa, cosméticos, muebles. Algunas empresas ya empezaron a trasladar ese costo extra a los consumidores en forma de cargos adicionales en pedidos online y envíos postales. Otras todavía están absorbiendo el golpe, pero los expertos advierten que eso no va a durar.
El conflicto con Irán, que ya lleva medio año sin señales claras de resolución, sigue alterando el flujo mundial de combustible. La tensión en una región clave para el suministro energético global tiene consecuencias directas en los mercados de todo el planeta, y América Latina no queda al margen: los precios del transporte internacional y el valor de los commodities se mueven al ritmo de lo que pase en esos mercados.
Los sectores más golpeados de manera inmediata son los alimentos perecederos, que necesitan reposición constante y maquinaria agrícola que funciona con diésel. Pero el efecto dominó se extiende mucho más lejos: cualquier producto que viaje en camión, tren o barco lleva incorporado ese costo energético. Cuanto más tiempo se mantenga el combustible en estos niveles, más profundo será el impacto en los precios finales.
Los especialistas son claros: si el diésel no baja, las subidas de precios se van a agudizar. No es una amenaza lejana ni una proyección teórica. Es la lógica básica de una economía global que todavía depende del petróleo para mover casi todo lo que consume.


