domingo, agosto 23, 2026
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IA y subjetividad: la advertencia del ingeniero Garbarz en Concordia

No es ciencia ficción ni una amenaza lejana. La inteligencia artificial ya está tomando decisiones sobre qué información recibís, qué emociones te activa y, en última instancia, cómo pensás. Esa fue la advertencia central que el ingeniero Ariel Garbarz lanzó el viernes pasado ante unas 200 personas en la Sala de Conferencias de la Facultad de Ciencias de la Alimentación de la UNER, en Concordia.

La charla, organizada por el Sindicato Argentino de Trabajadores de Salto Grande (SIATRASAG), se extendió por más de dos horas y media bajo el eje “Tecno feudalismo, Big Data, Palantir y el algoritmo de cara a las próximas elecciones”. El título ya dice bastante: no era una exposición técnica para iniciados, sino una discusión política disfrazada de tecnología, o quizás al revés.

El argumento de Garbarz parte de una distinción que parece simple pero tiene consecuencias enormes. Las revoluciones tecnológicas anteriores, el vapor, la electricidad, la informática, cambiaron lo que los seres humanos podían hacer. Esta es diferente: “Es la primera revolución tecnológica que manipula la subjetividad de la gente”, sostuvo el especialista. Las plataformas construyen perfiles detallados de cada usuario, los llaman avatares, y utilizan esa información para enviarles contenidos diseñados para estimular emociones específicas. El odio, en particular, aparece como una de las más rentables.

El mecanismo que describió Garbarz funciona de manera casi invisible. Los algoritmos no solo organizan la información disponible: deciden qué mostrar, qué ocultar y qué colocar delante de cada persona en cada momento. El resultado es que dos usuarios pueden habitar universos informativos completamente distintos, construidos a medida a partir de sus miedos, consumos, vínculos y hábitos. La “colonización de las subjetividades”, así lo llamó, es el proceso por el cual esa selección algorítmica termina condicionando lo que cada persona percibe como relevante o verdadero.

Cuando esa capacidad se aplica a escala electoral, la discusión deja de ser tecnológica. Si una plataforma puede conocer las características psicológicas y políticas de millones de personas y, al mismo tiempo, seleccionar qué mensaje recibe cada una, entonces estamos hablando de una herramienta con capacidad de incidir directamente en los resultados democráticos. No es una hipótesis: es lo que Garbarz viene documentando en sus exposiciones.

En ese contexto apareció el nombre de Palantir Technologies, la empresa vinculada al empresario Peter Thiel, como ejemplo de cómo la combinación de Big Data, inteligencia artificial y sistemas de vigilancia puede concentrar un nivel de conocimiento sobre la sociedad que hasta hace pocos años parecía exclusivo de los Estados. Palantir desarrolló plataformas para el procesamiento de enormes volúmenes de datos y trabajó con organismos de inteligencia gubernamentales. El problema, según Garbarz, no es solo saber quiénes somos: es poder anticipar qué podríamos hacer.

Ahí se asienta el concepto de “tecnofeudalismo”: un sistema donde unas pocas corporaciones concentran infraestructuras, datos y plataformas con una capacidad de poder que supera, en muchos aspectos, a la de los propios Estados nacionales. La pregunta que quedó flotando en la sala de la UNER es la misma que Garbarz lleva de ciudad en ciudad: si esas herramientas ya están operando sobre nuestras decisiones cotidianas y electorales, qué margen real tiene la ciudadanía para elegir con autonomía.

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