La tensión entre Estados Unidos y Canadá escaló este domingo hasta un punto que pocos analistas esperaban tan rápido: funcionarios de Washington salieron a advertir que su vecino del norte está siendo “insensato” si cree que puede ganar una guerra comercial contra la potencia más grande del mundo.
El secretario de Transporte estadounidense, Sean Duffy, fue el vocero más duro del día. En el programa Fox News Sunday, disparó sin anestesia: “Canadá se beneficia mucho más del comercio con Estados Unidos de lo que Estados Unidos se beneficia del comercio con Canadá”. Y remató: pensar que van a ganar una guerra contra Donald Trump le parece, en sus propias palabras, “insensato”.
El detonante concreto fue el fracaso de las negociaciones bilaterales, que se rompieron a última hora del viernes. Como consecuencia, entraron en vigor nuevos aranceles del 50% sobre productos canadienses valuados en unos 20.000 millones de dólares, lo que representa el 5,5% de las exportaciones totales de Canadá hacia su vecino del sur.
La respuesta de Ottawa no se hizo esperar. El primer ministro Mark Carney dejó en claro que no aceptará ningún acuerdo que comprometa los intereses económicos o la soberanía canadiense, y anunció que su país igualará los aranceles con nuevas tasas dirigidas principalmente a las industrias del acero y los lácteos estadounidenses, que entrarán en vigor el 8 de septiembre.
Trump, que guardó silencio el sábado, volvió a la carga en la madrugada del domingo desde su red Truth Social: “Canadá quiere los beneficios de ser un estado de Estados Unidos sin serlo”, escribió, y aseguró que el trato desigual al comercio norteamericano “se acabó”. El representante comercial Jamieson Greer sumó que no hay nuevas conversaciones previstas y calificó los aranceles como “contramedidas” ante un año de represalias canadienses.
La grieta también se abrió dentro de Estados Unidos: gobernadores demócratas como Gavin Newsom de California y Abigail Spanberger de Virginia criticaron la escalada contra un aliado histórico y advirtieron sobre el daño que una guerra comercial prolongada podría generar para los propios productores estadounidenses. La pulseada entre las dos economías más integradas del continente acaba de entrar en una fase que ninguno de los dos lados parece dispuesto a abandonar fácilmente.


