Después de semanas de silencio y con la polémica ya instalada en cada rincón del sistema educativo entrerriano, Teknofood decidió hablar. Lo hizo a través de un documento fechado el 10 de agosto, y lo que dice merece leerse con atención antes de tomar partido.
El contexto es conocido: el Gobierno provincial de Entre Ríos decidió reemplazar el esquema de compras mediante tarjetas que usaban las escuelas por un sistema centralizado para los desayunos y meriendas de 996 establecimientos. La contratación de Teknofood encendió alarmas en varios frentes al mismo tiempo: entidades comerciales que ven afectados a proveedores locales, gremios docentes, equipos directivos y, sobre todo, profesionales de la nutrición que cuestionaron el reemplazo de alimentos frescos por productos industrializados.
El número también generó ruido: el presupuesto oficial pasó de un monto cercano a $42.000 millones a un máximo de alrededor de $101.000 millones. Una diferencia que no pasó desapercibida y que alimentó los pedidos de acceso a la información para conocer el expediente completo, los dictámenes de los organismos de control, los pliegos y los protocolos nutricionales.
El Colegio de Nutricionistas de Entre Ríos y la Asociación Entrerriana de Nutrición fueron dos de las voces más críticas. Equipos directivos de escuelas de Concordia llegaron a hablar de un posible “retroceso nutricional”. La pregunta que flotaba en el aire era simple y dura: ¿quién controla lo que comen los chicos?
Ahora la empresa responde. En su comunicado, Teknofood rechaza la caracterización de sus productos como alimentos cuya única función sería “llenar” a los chicos y reivindica 38 años de trayectoria en programas de alimentación institucional. “Teknofood no se define como una empresa distribuidora de alimentos: desarrolla productos y programas para ayudar a corregir deficiencias concretas de macro y micronutrientes en poblaciones vulnerables”, señala el texto.
Según la compañía, su modelo nació en 1988 para garantizar el abastecimiento de escuelas con infraestructura limitada, sin cadena de frío y ubicadas a grandes distancias. Con el tiempo, afirma, incorporó el desarrollo de alimentos fortificados con hierro, zinc, calcio y vitaminas, diseñados para aportar alrededor del 50% de las ingestas recomendadas de determinados micronutrientes en cada refrigerio.
La empresa apunta directo al corazón del debate nutricional con una frase que resume su posición: “Un niño puede haber comido y saciado el hambre y, sin embargo, no haberse alimentado correctamente”. Es decir, argumenta que la discusión no debería limitarse a si el alimento es fresco o industrializado, sino a qué nutrientes incorpora efectivamente y qué deficiencias contribuye a corregir.
El comunicado también sostiene que los productos fueron diseñados para requerir infraestructura mínima, facilitar el almacenamiento seguro y reducir riesgos de contaminación, y que existen alternativas para personas con necesidades dietarias específicas. Lo que la empresa no puede esquivar, sin embargo, es el reclamo de mayor transparencia sobre el expediente completo: los dictámenes de control, las especificaciones técnicas y los mecanismos concretos de seguimiento nutricional siguen siendo materia de pedidos de información que aún no tuvieron respuesta pública. El debate en Entre Ríos está lejos de cerrarse.


