El balotaje en Brasil se transformó en una carrera de décimos, de esas que se juegan en el filo. En una de las últimas actualizaciones, Flávio Bolsonaro llegaba al 50,10% y Lula al 49,90%, con apenas el 15,38% de las mesas escrutadas. La diferencia era mínima y el resultado final seguía abierto.
Con cerca del 60% de los votos escrutados, el panorama cambió: Lula obtenía el 50% y superaba por menos de un punto a Flávio Bolsonaro. La contienda se mantuvo reñida, con el escrutinio avanzando y la ventaja moviéndose en fracciones. En otra medición, con el 48,42% de los votos contados, Lula volvió a ponerse por arriba por menos de medio punto.
La votación estuvo marcada por una prórroga judicial, un dato que sumó tensión a una elección que se definió por mínimos. ¿Puede un país tan grande como Brasil quedar al borde de un hilo por décimos? La respuesta se fue escribiendo en cada actualización, mientras el resultado no solo ordenaba el tablero político brasileño, sino que también reconfiguraba expectativas en la región.
La campaña contrastó dos visiones de país. Lula puso el eje en la ampliación de políticas sociales, la inversión pública y programas de empleo, educación y salud, con el objetivo de reducir las desigualdades. En materia laboral, planteó eliminar la jornada 6×1 y establecer una semana de 40 horas sin reducción salarial, además de garantizar aumentos reales para el salario mínimo. En seguridad, propuso crear un Ministerio de Seguridad Pública y una estrategia basada en inteligencia, coordinación entre fuerzas y combate al financiamiento del crimen organizado.
Su promesa ambiental fue explícita: alcanzar la deforestación cero para 2030. Para financiar esas iniciativas, Lula abogó por una mayor progresividad tributaria, elevando la carga fiscal sobre los sectores de mayores ingresos y los capitales en el exterior. Esa propuesta enfrenta una mirada más austera, centrada en reducir el tamaño del Estado y el gasto público.
Flávio Bolsonaro presentó una agenda de reducción del Estado, influenciada por el modelo de Javier Milei en Argentina. Su plan incluía un tijeretazo que contemplaba la eliminación de al menos 10 ministerios, una disminución de cargos y una agenda de reducción de impuestos. Bajo el lema “más Brasil y menos Brasilia”, buscó descentralizar el poder y reformar el sistema tributario para reducir la deuda pública.
La seguridad fue el eje central de su programa “Brasil sin miedo”. Propuso declarar a organizaciones criminales como el PCC y el Comando Vermelho como grupos narcoterroristas, una medida alineada con la postura de aliados como Donald Trump y Argentina. Además, buscó bloquear activos criminales.
El balotaje brasileño quedó reducido a una diferencia mínima, con dos candidatos que proponen caminos distintos en economía, seguridad y política social. Mientras el escrutinio avanzaba, la ventaja se movió de un lado al otro, y la elección terminó de mostrar un país dividido en la misma medida que la contienda electoral.


