Desde las estepas de Mongolia hasta los suelos entrerrianos: la Fundación CAUCE llevó su mirada territorial y agroecológica a la COP17, la conferencia internacional de las Naciones Unidas contra la desertificación, y volvió con alianzas fortalecidas y un mensaje claro sobre el futuro de la tierra.
La activista ambiental Glenda Mangia fue la voz de la organización en ese escenario global. En su relato, la experiencia no fue solo la de pararse ante delegaciones de todo el mundo, sino la de demostrar que desde una provincia como Entre Ríos hay pensamiento, práctica y propuesta concreta para enfrentar uno de los problemas más silenciosos y devastadores del siglo: la pérdida de suelo productivo.
CAUCE llegó a la COP17 con un enfoque que conecta dos puntos que muchas veces se tratan por separado: la salud del suelo y la alimentación sostenible. La lógica es simple pero poderosa: no hay sistema alimentario que aguante si la tierra que lo sostiene se degrada. Y esa degradación, que avanza con el monocultivo, el uso intensivo de agroquímicos y el cambio climático, no es un problema del futuro, es del presente.
En el encuentro, la organización también trabajó en el fortalecimiento de alianzas regionales, tejiendo vínculos con otras organizaciones y movimientos que comparten la apuesta por la agroecología como salida real y no como slogan de marketing verde. Ese entramado de relaciones es, en muchos sentidos, tan valioso como cualquier declaración final de una cumbre.
La participación de CAUCE en un foro de esta envergadura pone en evidencia que las organizaciones de base con arraigo territorial tienen mucho para decir en los debates globales, y que la agroecología entrerriana no es una curiosidad local sino una respuesta con peso propio frente a la crisis ambiental.


