domingo, septiembre 20, 2026
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La soberanía argentina: de la presión francesa a la sombra de EE.UU. e Israel

Hubo un momento, breve y casi inverosímil, en que el Gobierno nacional pareció despertar. Durante dos años de política exterior marcada por la subordinación a Estados Unidos y la prescindencia total del reclamo por Malvinas, algo cambió. Dos hechos casi simultáneos sacudieron el tablero: los jugadores de la selección argentina levantando un trapo con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” en pleno partido mundialista contra Inglaterra, y una insinuación del presidente Donald Trump apoyando el reclamo soberano argentino sobre las islas, en uno de sus habituales cortocircuitos con Londres.

El giro fue tan abrupto como efímero. El mismo Gobierno que había facilitado toda intromisión extranjera en la vida interna del país, que había evitado cuidadosamente irritar a Inglaterra por considerarla aliada estratégica de Washington, se convirtió de la noche a la mañana en el gran defensor de la soberanía. El entusiasmo duró lo que duró: la presentación del proyecto de Ley de Defensa de la Soberanía Nacional ante el Congreso dejó al descubierto, según los analistas que lo leyeron con atención, que todo había sido un ejercicio de apariencia. Un “como si” con bandera.

Hoy, los dos riesgos más visibles de intromisión en la soberanía democrática argentina tienen nombre y apellido: Estados Unidos e Israel. Pero la historia larga de interferencias externas sobre el derecho argentino a la autodeterminación viene de mucho antes. Uno de los capítulos menos recordados es el francés, y vale la pena recuperarlo para entender que lo que hoy asombra o indigna tiene raíces profundas.

En las primeras décadas del siglo XX, la Argentina que se mostraba al mundo era la de la clase opulenta. Buenos Aires era el puerto por donde salían la carne y el cereal, y también por donde entraba la cultura europea en su versión más elegante: el modelo francés. Pensamiento, música, vestimenta, arquitectura, teatro, literatura y, sobre todo, el idioma. Todo olía a francés. En París el tango hacía furor, pero la imagen que los franceses tenían de Argentina era la del gaucho, las vacas y el campo sembrado.

Sin embargo, cuando los viajeros franceses desembarcaban en Buenos Aires, se encontraban con una ciudad que brillaba y olía a barrio parisino. Había un deseo extraño de “argentinizar” con contenido francés: la primera generación de hijos de inmigrantes galos no reconocía a Francia como patria, pero contrastaba su intenso sentir argentino con modos y formas europeas.

En el Centenario de la Revolución de Mayo, Argentina organizó grandes festejos y recibió visitantes ilustres. Entre ellos, el escritor y periodista Jules Huret, el médico y político Georges Clemenceau, y el viajero H. D. Sisson, quien publicó en 1910 en París una obra considerada de colección sobre el Cono Sur. Sus impresiones, guardadas en los archivos de la Embajada francesa, describen una sociedad que intentaba copiar a la francesa sin ideas propias, con profunda necesidad de aparentar ser igual o más que Europa, con un nacionalismo “artificioso” y con una marcada desigualdad sobre la población general. La descripción resuena, con distintos protagonistas, en más de un momento de la historia argentina posterior.

La disputa por la soberanía, en definitiva, no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de ninguna era: cambian las potencias, cambian los instrumentos, pero el patrón se repite. Lo que varía es si hay, del lado argentino, alguien dispuesto a sostener la posición más allá de la conveniencia del momento.

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