Nadie aparece. Nadie da la cara. Y los trabajadores siguen esperando cobrar mientras los micros no salen. Esa es, en pocas palabras, la postal de la crisis que atraviesa Crucero del Norte, una de las empresas de transporte de larga distancia más conocidas del país.
Los números son elocuentes y duelen: “Éramos 1.200 trabajadores y hoy apenas llegamos a 390”, resumió uno de los empleados que mantiene la retención de tareas por salarios adeudados. No es una reducción de personal por reestructuración ni por baja de demanda: es el resultado de una empresa que, según quienes la padecen desde adentro, se fue desmoronando sin que nadie tomara el timón.
La situación ya tiene nombre y apellido, al menos según uno de los socios de la firma, que atribuyó el colapso a un conflicto familiar dentro del directorio. Una pelea interna que, como suele pasar en estas historias, terminó pagándola los que menos tienen para perder: los trabajadores de base, los que mueven los colectivos, los que cargan valijas, los que atienden boletería.
“Nadie aparece y nadie nos dice nada“, afirmó uno de los empleados en retención de tareas. Una frase que resume el abandono institucional que denuncian desde adentro: sin comunicados, sin reuniones, sin respuestas. El silencio de la conducción como política de gestión de crisis, que es la peor de todas las políticas posibles.
Con los servicios paralizados, el impacto no es solo para los trabajadores: los pasajeros que dependían de las rutas de Crucero del Norte también quedan en el medio de una disputa que no les pertenece. El transporte de larga distancia es un servicio esencial, y cuando una empresa de este tamaño colapsa, las consecuencias se sienten en cadena.
Por el momento, los 390 empleados que quedan sostienen la retención de tareas como única herramienta de presión disponible, a la espera de que alguien en el directorio decida aparecer y dar explicaciones. La pregunta que flota en el ambiente es si eso va a ocurrir antes de que la empresa quede reducida a nada.


