Primero la tarjeta. Después el préstamo. Luego la refinanciación. Y al final, el prestamista del barrio que sabe exactamente cuándo cobra el vecino. Concordia no es la excepción a un fenómeno que sacude a miles de familias argentinas: es, según quienes lo estudian de cerca, uno de sus ejemplos más dolorosos.
La pregunta incómoda no es cuánto pidió prestado un concordiense. La pregunta real es cuánto termina devolviendo. Porque cuando una familia llega al crédito informal, generalmente no lo hace porque descubrió una oportunidad. Lo hace porque el sistema formal ya no le ofrece ninguna salida.
Los números del sistema financiero ampliado dan una dimensión del problema. El Banco Central informó que a junio de 2025 había 19,5 millones de personas con crédito en el sistema. Pero hay un dato que inquieta más: en febrero de 2026, los proveedores no financieros de crédito registraron una irregularidad del 26,9 % de su cartera. En préstamos personales, esa irregularidad trepó al 34,1 %. Y las tasas nominales anuales llegaron hasta el 144 % para ese tipo de créditos.
Con esas tasas, una familia no compra dinero. Compra tiempo. Compra unos días más hasta cobrar. Compra la posibilidad de pagar una factura, de comprar medicamentos, de llevar comida a la mesa. Pero ese tiempo tiene un precio. Y para muchas familias, ese precio termina siendo impagable.
La rueda funciona así: se pide para pagar la deuda anterior. El crédito deja de ser una herramienta para progresar y se convierte en el mecanismo para sobrevivir. Del banco a la financiera, de la financiera al prestamista informal: cada escalón baja un poco más las condiciones y sube un poco más el riesgo.
El universo informal —el préstamo entre particulares, el que se devuelve diariamente, el que no tiene contrato— no aparece completamente reflejado en las estadísticas oficiales. Y justamente por eso es el más peligroso: no se mide, no se regula y no se ve hasta que explota en la economía de un barrio.
Hay quienes proponen educación financiera como solución. No está mal: saber qué es una tasa efectiva, qué significa el costo financiero total, qué pasa cuando se paga solo el mínimo de una tarjeta, son datos que todo ciudadano debería manejar. Pero la educación financiera sola no explica por qué millones de personas necesitan endeudarse para vivir. Esa es una pregunta política, no solo económica. Y mientras el salario no alcance para cubrir los gastos básicos, la rueda va a seguir girando, con o sin educación financiera de por medio.


