Hay objetos que acumulan historia sin hacer ruido. El cáliz que el orfebre Pallarols creó para el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires de 1934 es uno de ellos: noventa y dos años después, volverá a estar en el centro de una celebración papal.
La pieza pasó por manos que marcaron el siglo XX de la Iglesia Católica. Lo utilizó Eugenio Pacelli, quien poco después se convertiría en Pío XII. Décadas más tarde, lo tomó Juan Pablo II durante su visita a la Argentina. Y también lo usó Jorge Bergoglio, antes de convertirse en el papa Francisco. Tres pontificados, una misma copa.
Ahora, con la visita de León XIV al país, el cáliz centenario volverá al centro de la escena. La continuidad simbólica es difícil de ignorar: un objeto forjado en los años treinta, que sobrevivió guerras, cambios de época y transformaciones profundas dentro de la propia Iglesia, sigue siendo convocado para los momentos más solemnes.
El trabajo de Pallarols —una de las orfebrerías más reconocidas de la Argentina— no es solo una reliquia devocional. Es también una pieza de arte sacro que resistió el paso del tiempo con la solidez de lo que fue hecho para durar. Que siga siendo elegida para celebraciones de esta magnitud dice algo tanto de la calidad del objeto como del peso que carga su historia.
La visita de León XIV a la Argentina tiene, con este detalle, una capa adicional de significado: el nuevo pontificado se conecta, a través de un cáliz, con casi un siglo de presencia papal en el país.


