El sueño de ser colectivero le salió caro. Un joven sustrajo una unidad de la Empresa 216, se puso al volante y recorrió más de 11 kilómetros haciendo el recorrido habitual de la línea, incluso parando en las paradas y permitiendo que subieran pasajeros reales. Como si nada.
La maniobra no pasó desapercibida. La Policía interceptó al improvisado chofer después de ese recorrido y procedió a su detención. Hasta ahí, un hecho policial más o menos llamativo. Pero fue la explicación del joven la que dejó a todos sin palabras: “Quería cumplir mi sueño”, habría dicho al momento de ser aprehendido.
Lo que podría haber terminado en una tragedia —un conductor sin habilitación, con pasajeros a bordo, circulando por la vía pública— quedó en un episodio que mezcla lo insólito con lo preocupante. Los pasajeros que subieron al colectivo no tenían manera de saber que el hombre al volante no era el chofer de turno sino alguien que, sencillamente, decidió tomarse en serio su vocación de la manera más imprudente posible.
El caso abre preguntas concretas: ¿cómo logró el joven acceder a la unidad? ¿Estaba el vehículo correctamente asegurado? ¿Qué controles existen en las terminales y cocheras para evitar que alguien se lleve una máquina de varios toneladas sin que nadie lo note? Ninguna de esas respuestas aparece todavía.
El joven quedó a disposición de la Justicia, que deberá determinar los cargos que correspondan por la sustracción del vehículo y los riesgos generados durante el recorrido. La Empresa 216 no emitió declaraciones públicas sobre el incidente.


