Menos de cuatro de cada diez habitantes de Concordia tienen un empleo. No es una estimación catastrofista: es lo que dice la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del primer trimestre de 2026. Y el dato no viene solo.
La tasa de empleo en Concordia es del 39,8 %, frente al 44,8 % nacional. La tasa de actividad —que mide cuánta gente trabaja o busca trabajo— llega apenas al 42,3 %, muy por debajo del promedio del país (48,6 %) y de la Región Pampeana (49,9 %). La desocupación, del 6,1 %, parece baja en comparación con el 7,8 % nacional, pero ese número engaña: no refleja cuántos trabajan bien, sino cuántos siguen buscando. Y hay un 10,1 % de subocupados que trabajan menos horas de las que necesitan y buscan ampliar sus ingresos sin conseguirlo.
El problema de fondo no es solo cuántos trabajan. Es qué tipo de trabajo consiguen.
Según datos de la Dirección General de Estadística y Censos de Entre Ríos correspondientes a junio de 2025, el 51,4 % de los trabajadores de Concordia está en la informalidad. En algunos sectores la situación es directamente alarmante: en hoteles y restaurantes, el 81,5 % no está registrado; en la construcción, el 66,3 %; en el comercio, más del 51 %. Detrás de esos porcentajes hay miles de personas sin aportes jubilatorios, sin obra social, sin vacaciones pagas, sin aguinaldo y sin estabilidad laboral. El Centro de Empleados de Comercio de Concordia viene señalando además una práctica extendida: trabajadores registrados por media jornada que en los hechos cumplen jornadas completas.
La citricultura, uno de los principales empleadores de la región, ilustra mejor que ningún otro sector lo que significa trabajar en estas condiciones. Un cosechero cobra alrededor de 450 pesos por canasto. Con buen rendimiento puede juntar entre 80 y 110 canastos diarios, lo que equivale a entre 36.000 y 49.500 pesos por jornadas que pueden extenderse hasta doce horas. Pero ese ingreso nunca está garantizado: si llueve o hay heladas, no hay cosecha y no hay jornal. El promedio efectivo durante la temporada ronda los tres días y medio de trabajo por semana, dejando ingresos mensuales de entre 545.000 y 750.000 pesos. Con ese jornal mínimo diario se compran menos de dos kilos de carne o apenas veinte litros de la leche más barata. Una garrafa de diez kilos ronda los 23.000 pesos: más de la mitad de lo que se gana en un día de cosecha. Y el Sindicato Obrero de la Fruta viene denunciando desde hace años que alrededor del 90 % de los cosecheros trabaja sin registrar.
El arándano, que supo ser el motor de una primavera laboral cada año, ya no es lo que era. Hace una década, Concordia tenía más de 1.500 hectáreas implantadas y Argentina exportaba cerca de 20.000 toneladas de fruta fresca. Hoy la producción nacional cayó más del 60 % y no supera las 7.000 toneladas anuales, según el Comité Argentino de Arándanos. Menos producción significa menos trabajo estacional, menos ingresos para cientos de familias que dependían de esa cosecha para llegar al verano. El sector forestal, donde la informalidad también aparece como constante, completa un cuadro que no admite lecturas optimistas: Concordia está construyendo, lentamente, una economía de subsistencia donde el trabajo existe pero no alcanza, donde la actividad genera movimiento pero no bienestar.


