¿Te imaginás una ciudad donde la comida se mide en tazas, el agua potable no llega y la única salida es un camino minado? Eso es lo que vive Oleshky, en la región de Jersón, a orillas del río Dinipro.
El papa León XIV, mientras se recupera en el Hospital Gemelli tras una intervención por un cáncer de pulmón, habló por teléfono con Vladímir Putin y pidió un alto el fuego para enviar alimentos, asistencia médica y permitir la evacuación voluntaria de civiles.
El Vaticano explicó que el Santo Padre expresó su preocupación por la crisis humanitaria y que la última conversación entre ambos líderes había sido en junio de 2025. Pietro Parolin, secretario de Estado, sostuvo que fue el Papa quien tomó la iniciativa por una ciudad sitiada donde unos 2.000 civiles necesitan corredores humanitarios.
Oleshky fue ocupada por fuerzas rusas a principios de 2022 y su población cayó 92%: de 24.000 a 1.700 habitantes. Según un informe de Naciones Unidas, la mayoría de quienes quedan son personas de avanzada edad o con discapacidades.
Los envíos de alimentos terminaron el 26 de mayo y, en septiembre, el gobierno ucraniano logró hacer llegar cuatro toneladas mediante drones tras varios intentos fallidos. Pero los habitantes dicen que no alcanza: algunas familias sobreviven con una taza de arroz o trigo sarraceno al día, huertas, conservas, insectos y caracoles.
La destrucción de la represa Kakhovka complicó aún más el panorama: cientos de personas se ahogaron, otras perdieron sus casas y muchos terrenos quedaron bajo el agua. La ciudad quedó sin agua potable ni electricidad, y las zonas cultivables escasean.
Según testimonios de residentes, algunos soldados rusos también pasan hambre y amenazan con matarlos o violarlos si no les entregan comida; además, los soldados prohibieron enterrar a los muertos bajo el argumento de investigar crímenes de guerra de Ucrania. No consta la versión de las autoridades rusas a esas denuncias.
El hospital local se está quedando sin combustible para sus generadores y sin medicamentos; en lugar de curar, se transformó en un depósito de cadáveres, al igual que las calles. Mucha gente solo puede cubrir a sus seres queridos con una sábana, y algunos cuerpos quedan en sótanos o abandonados en la vía pública.
Escapar tampoco es una opción fácil: la ciudad quedó aislada y la única vía de salida es la llamada ruta de la muerte, 22 kilómetros cubiertos por minas y bajo constante vigilancia de drones. Muchos de los que intentaron huir terminaron heridos o muertos.
Oleshky sigue aislada, con abastecimiento insuficiente, hospital en crisis y una salida de 22 kilómetros que sigue siendo mortal. El pedido del Papa apunta a habilitar ayuda y evacuación voluntaria.


