Hay historias que no necesitan adornos. Un entrerriano recibió un segundo trasplante de riñón, esta vez de su propia hermana, y hoy está de pie, agradecido y con la vista puesta en el regreso a su vida.
La donación vino de donde más duele perder y más vale recibir: de la familia. Su hermana le dio uno de sus riñones, y ese gesto cambió el rumbo de una historia que venía cargada de incertidumbre y espera. El hombre agradeció públicamente a ella, a su entorno y a quienes lo acompañaron durante el proceso de recuperación, que en trasplantes renales no es poca cosa.
Ahora, con el cuerpo respondiendo, el entrerriano se prepara para volver a Gualeguaychú y retomar su oficio, ese trabajo que lo define y que tuvo que dejar de lado mientras la enfermedad marcaba los tiempos. Recuperar el trabajo no es solo una cuestión económica: es recuperar la identidad.
Los trasplantes de órganos entre familiares vivos son una alternativa que el sistema de salud promueve cuando existe compatibilidad, y casos como este muestran por qué. La donación en vida acorta esperas, mejora los resultados clínicos y, en muchos casos, salva lo que ninguna lista de espera puede garantizar: el tiempo.
El hombre no dio precisiones sobre cuándo exactamente regresará ni sobre su oficio, pero la dirección está clara: hacia adelante, con un riñón nuevo y una deuda de gratitud que, según sus propias palabras, no tiene forma de saldar del todo.


