Tenía dos años y no pudo sobrevivir al ataque. Owen murió después de ser atacado por un perro pitbull mientras estaba junto a su madre en una vivienda, en un hecho que conmocionó a quienes lo conocían y que rápidamente se extendió por las redes sociales.
Familiares y allegados del pequeño lo despidieron con mensajes cargados de dolor en distintas plataformas digitales, donde circularon imágenes y recuerdos del nene que apenas había empezado a vivir. La despedida virtual fue el reflejo de una comunidad golpeada por una pérdida que nadie debería tener que atravesar.
El dueño del animal quedó detenido y fue imputado por homicidio culposo. La figura legal apunta a la responsabilidad que tiene quien tiene a su cargo un animal potencialmente peligroso: si ese animal mata, la negligencia tiene un nombre jurídico y una consecuencia penal. No alcanza con decir que el perro nunca había dado señales de agresividad.
La muerte de un niño de dos años en manos —o más bien en las fauces— de un animal que alguien eligió tener y no supo o no quiso controlar plantea una pregunta que no tiene respuesta fácil: ¿cuántas veces más tiene que ocurrir algo así para que la tenencia de animales considerados de alta peligrosidad sea regulada con la seriedad que merece? La causa quedó en manos de la Justicia, que deberá determinar el alcance de la responsabilidad penal del imputado.


