El número llegó puntual, como siempre, y volvió a pegar donde duele: en julio de 2026, la canasta básica total registró un incremento del 2,2%, y una familia tipo necesitó superar los $1.560.000 mensuales para no ser considerada pobre según los parámetros oficiales.
El dato lo publicó el INDEC junto con el índice de inflación del séptimo mes del año. La medición combina dos umbrales: la canasta básica alimentaria, que define la línea de indigencia, y la canasta básica total, que incluye además bienes y servicios no alimentarios y traza la frontera de la pobreza.
Dicho en criollo: si un hogar no llega a ese piso de ingresos, el Estado lo cuenta entre los pobres. Y ese piso sigue moviéndose hacia arriba, mes a mes, aunque la velocidad de la suba haya bajado respecto a los picos de los últimos años.
El 2,2% de incremento mensual en la canasta es una señal de que la inflación no cedió del todo en julio, aun cuando el gobierno nacional viene mostrando índices generales más moderados que en 2024. Para millones de familias argentinas, sin embargo, la moderación estadística no se traduce en alivio real: los salarios que no corren al mismo ritmo que la canasta pierden poder de compra, y la brecha entre lo que se gana y lo que se necesita para vivir sigue siendo el drama cotidiano.
El seguimiento mensual de estos valores es clave para entender el mapa social del país. Cada punto porcentual de suba en la canasta es, en los hechos, un escalón más alto que miles de hogares deben trepar para no quedar del lado de abajo de la estadística.


