domingo, agosto 9, 2026
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El embajador argentino sale de Brasil y la crisis no tiene fecha de cierre

Un escalón más abajo. Eso es lo que quedó de la relación entre Argentina y Brasil después de que Javier Milei llamara “ladrón” y “presidiario” a Luiz Inácio Lula da Silva en el acto de lanzamiento de la candidatura de Flavio Bolsonaro, el 25 de julio. El embajador argentino Raimondi se va de Brasilia sin haber sido expulsado, pero el vínculo bilateral quedó degradado al nivel de encargado de negocios, una medida sin precedentes desde el regreso de la democracia en ambos países.

La distinción técnica importa, y mucho. Ni Raimondi ni su par brasileño en Buenos Aires, Julio Bitelli, perdieron sus credenciales diplomáticas: ambos siguen siendo técnicamente “embajadores extraordinarios y plenipotenciarios”. Eso significa que, si la relación se recompone, podrían volver a sus cargos sin trámite nuevo. Pero por ahora, esa recomposición no asoma en el horizonte cercano.

Desde el lado argentino, el diagnóstico es más crudo que el brasileño. “A un encargado de negocios no lo recibe el canciller”, reconoció una fuente del gobierno nacional, que admitió además que la relación ya venía deteriorada antes de la crisis. “Bajamos un escalón más, porque tampoco estábamos de maravilla”, se sinceró la misma fuente. El canal directo que permitía resolver gestiones concretas con una llamada entre el embajador y el canciller brasileño Mauro Vieira quedó cortado.

El riesgo no es solo diplomático. Brasil es el principal socio comercial de la Argentina, con un intercambio bilateral que rondó los 31.000 millones de dólares en 2025. Welber Barral, ex secretario de Comercio Exterior brasileño y socio fundador de la consultora BMJ, advirtió que sin un embajador que pueda destrabar gestiones directamente con un ministro, el principal riesgo es que trámites técnicos del Mercosur queden empantanados por la “mala voluntad” de algún funcionario de rango medio. Los sectores más expuestos, según Barral, son el automotor y la minería.

La cancillería de Itamaraty enmarcó la crisis no en diferencias ideológicas sino en las ofensas a instituciones brasileñas: Milei también calificó de “basura calva” al juez Alexandre de Moraes en el mismo acto, en un contexto en que Brasil todavía procesa el intento de golpe de 2023 que llevó a la prisión a Jair Bolsonaro. Para Brasilia, eso no era tolerable. Como ejemplo de que no se trata de un choque meramente ideológico, fuentes diplomáticas brasileñas recordaron que en 2024 Milei participó en un acto junto a Bolsonaro y faltó a la cumbre del Mercosur sin que hubiera represalias: “No hubo ningún castigo porque no hubo agresiones a las instituciones”.

El horizonte que marcan fuentes de ambos gobiernos es claro: nada cambiará de fondo hasta las elecciones brasileñas del 4 de octubre y, si hay balotaje, hasta el 25 del mismo mes. El resultado de esos comicios tiene más potencial de destrabar la crisis que cualquier gesto diplomático en el corto plazo. Hasta entonces, la relación entre los dos países más grandes de América del Sur seguirá funcionando a media máquina, con encargados de negocios al frente de ambas embajadas y gestiones concretas que deberán encontrar vías alternativas para resolverse.

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