Hay accidentes y hay actitudes. Lo que pasó en Diamante entra en las dos categorías, pero la segunda es la que deja un sabor más amargo.
Un motociclista circulaba por la ciudad junto a una menor de edad cuando rozó un Renault Fluence. El impacto fue suficiente para que ambos terminaran en el piso, sobre la calzada. Hasta ahí, un accidente de tránsito más o menos común. Lo que vino después no lo es tanto.
El conductor de la moto se levantó, evaluó la situación y tomó una decisión: seguir su camino. Dejó a la joven en la esquina, herida, sin asistencia, sin esperar a nadie. Se fue.
La menor quedó en el lugar hasta que pudo recibir ayuda. El hombre que la llevaba, en cambio, ya no estaba.
La figura del conductor que abandona a su acompañante tras un siniestro no solo tiene peso moral: en términos legales, abandonar a una persona herida en la vía pública configura una conducta que la justicia puede perseguir con independencia de quién haya tenido la culpa en el choque. El caso quedó en manos de las autoridades de Diamante, que deberán determinar las responsabilidades del motociclista tanto por el accidente como por lo que hizo después.


