Llegaron a principios del siglo XX como trofeo de caza para estancieros. Hoy, el jabalí europeo es una de las quince especies más invasoras del planeta y le cuesta al campo argentino USD 1.600 millones por año en daños a cultivos e instalaciones. Una plaga que se expandió en silencio, sin que nadie le pusiera un freno real.
Francisco Pescio, docente de Producciones Animales Alternativas en la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA), explica el problema con crudeza: los jabalíes adultos superan los 200 kilos, se mueven en manadas y no tienen depredadores naturales en estas tierras. “Destruyen las instalaciones y arrasan con los cultivos”, advierte. Y la cosa no queda ahí: el año pasado, un jabalí mató a un puestero en Mendoza, y en las últimas semanas se registraron ejemplares merodeando por Ingeniero Maschwitz, en el periurbano bonaerense, encendiendo todas las alarmas.
El riesgo no es solo económico. Estos animales transmiten enfermedades como triquinosis, hepatitis y peste porcina, tanto a los cerdos domésticos como a las personas. Y como no existe una cadena de producción formal, la carne de jabalí que circula en ferias y restaurantes proviene de faena clandestina, sin controles sanitarios ni verificación de triquinosis. “El consumidor no tiene forma de saber qué está comiendo ni qué riesgos corre”, alerta Pescio.
La solución que propone el especialista es clara pero costosa: habilitar frigoríficos para faenar jabalíes con controles sanitarios reales. El último establecimiento habilitado cerró en 2019. Sin esa infraestructura, no hay incentivos económicos para los cazadores registrados y, sin cazadores, la población del animal sigue creciendo sin techo. Pescio señala que el Estado debería impulsar frigoríficos públicos o mixtos a nivel municipal, provincial y nacional, porque los privados ya no pueden afrontar los costos de habilitación.
Hay un antecedente que demuestra que el problema tiene salida cuando hay voluntad política. En el Parque Nacional El Palmar, en Entre Ríos, los jabalíes habían invadido el área y devastado los brotes jóvenes de las palmeras yatay, la joya del parque. Las autoridades armaron un programa coordinado: permisos de caza solo para pobladores locales en áreas habilitadas, control sanitario de cada animal cazado y distribución de la carne entre los cazadores y la comunidad. El modelo funcionó. Lo que falta es replicarlo a escala federal, con un plan de manejo que hoy no existe y que cada temporada que pasa se vuelve más urgente.


