La crueldad está perdiendo terreno, dicen quienes leen el mapa electoral con lupa. En Israel, Netanyahu quedó golpeado y su estrella repleta de odio se apaga. La derrota no es menor: Ram Ben Barak rechazó un Ejecutivo compartido con Likud.
“No puede haber unidad con personas que tienen una visión del mundo fascista. No podemos unirnos con nadie que no crea que todos los seres humanos nacen iguales y que crea que hay razas superiores e inferiores”, afirmó Ram Ben Barak. La frase pesa porque convierte la política en una disputa de valores, no solo de escaños. Para quienes lo acusan de crímenes de guerra, la derrota electoral es una señal de que la impunidad no es infinita.
En Brasil, el relato bolsonarista insistió con denuncias de fraude y con la idea de anular los comicios. El argumento se apoyaba en la prórroga del horario de votación, de las 17 a las 19 horas. El dato duro es otro: Lula le ganó a Bolsonaro por 4.430.191 votos.
El margen no es chiquito: equivale al 3,45% del total. Además, se recuerda que durante la prórroga los que fueron a votar lo hicieron a favor de Bolsonaro. La lectura es clara: el reclamo de fraude no se sostiene con el número, sino con la bronca.
La prensa brasileña también le puso nombre al problema. Un editorial pidió “no más golpes de Estado” y calificó la carta de Flávio como una farsa del fraude electoral. Otro diario tituló “Tres cartas y diez mentiras” y marcó las incoherencias del mensaje golpista.
En Estados Unidos, el giro fue más fuerte de lo que se esperaba. Según datos preliminares, el cambio de partido fue de 30 puntos porcentuales con respecto a hace dos años. Entre los jóvenes, el desplazamiento fue todavía más visible: antes se habían movido 23 puntos hacia el conservadurismo, y ahora el terreno se invirtió.
El dato que enciende la chispa: entre los hombres de esa franja etaria, el cambio fue de casi 40 puntos porcentuales. Las mujeres de 18 a 29 años también votaron mayoritariamente a favor de los demócratas, con un 77%. Hace dos años, los jóvenes se dividían entre Trump y Kamala Harris.
Ahora, alrededor de siete de cada 10 votantes de ese grupo etario afirmaron haber apoyado al candidato demócrata a la Cámara de Representantes en su área. Unos seis de cada 10 menores de 30 años dijeron que una razón fue expresar oposición a Trump. Alrededor de la mitad se siente “enfadada” por el rumbo del país, contra un tercio de los mayores de 65.
El color político de la derrota también pesa. Los ganadores, según la lectura, son izquierdistas, musulmanes, mujeres y hombres que reivindican su derecho a elegir su sexualidad. Ese detalle no es menor: vos lo ves en la urna, alimenta la furia ultra, pero también muestra que el miedo ya no alcanza para sostener el relato.
En Europa, la ultraderecha también recibió golpes. En Holanda, los ultras de Geert Wilders perdieron el gobierno frente a una coalición de centro derecha encabezada por Rob Jetten, de apenas 38 años.
En Suecia, la coalición de derecha de Ulf Kristersson perdió frente al bloque de centroizquierda de Magdalena Andersson. En Serbia, el ex presidente Aleksandar Vučić fue derrotado por la Lista Estudiantil, surgida de las protestas contra la corrupción.
El caso serbio tiene un giro que no se puede ignorar: quienes lo señalan recuerdan que Vučić fue ministro del gobierno genocida de Slovodan Milošević, aunque luego viró hacia una posición europeísta y a denunciar la corrupción. Irónicamente, lo derrotó la Lista Estudiantil, nacida de las protestas. La historia no termina en un escaño: termina en la memoria de lo que se puede perdonar.
El mapa electoral de esta etapa no es un final, pero sí una advertencia: cuando la crueldad se vuelve relato, la urna termina midiendo cuánto pesa el miedo. En Israel, Brasil, Estados Unidos y Europa, la derecha dura perdió terreno, aunque todavía conserva voz, estructura y capacidad de volver a intentarlo.


