El balotaje brasileño terminó con Lula en el Ejecutivo, pero con una advertencia que no podés esquivar: gobernar no es lo mismo que ganar. Cuando todo parecía encaminarse hacia el clan Bolsonaro, Lula volvió a la arena con medidas que apuntaban a los trabajadores, como reducir a cinco los seis días de trabajo y decisiones de carácter social.
Esa última arremetida le devolvió el pulso a una campaña que ya parecía sellada. El «viejo lobo de mar», capaz de sacar de la miseria a más de 30 millones de ciudadanos, apareció con una trayectoria que se sostiene en la historia de América Latina y con ocho décadas de trabajosa humanidad.
Y no fue un detalle menor: fue, junto con Claudia Sheinbaum, presidenta de México, uno de los líderes que se le «paró de manos» al presidente de EE. UU., Donald Trump. En el mapa mundial, esa imagen le sumó peso internacional a una victoria que, sin embargo, no resuelve la pelea más difícil: la del poder real.
Acá conviene frenar: no confundís la batalla electoral con la batalla política estratégica. Las urnas entregaron un equilibrio casi de alquimia perfecta: Lula conserva el Ejecutivo, el Partido Liberal se lleva la mayor parte de las bancas individuales de la Cámara y la bancada más numerosa del Senado, mientras el bloque conservador mantiene la capacidad real de bloquear presupuestos, reformas y nombramientos.
La Legislatura que lo mantuvo como rehén en los últimos cuatro años no se suavizó, ni mucho menos. Cada partida del presupuesto, cada reforma tributaria en favor de los trabajadores, cada nombramiento en el Gobierno o cada designación de un ministro o de un juez será objeto de una dura negociación, incluso con pedidos de juicio político.
Por eso, la lectura que se impone es dura: no confundís la supervivencia política con una reivindicación. Lula acaba de ganar el derecho de gobernar dentro de una «jaula», un escenario donde cada paso va a costar y cada acuerdo va a pesar.
El resultado no es accidental ni puramente ideológico. Es funcional a un conjunto de circunstancias: la élite política y económica de Brasil, y ciertos sectores de EE. UU., priorizan la estabilidad de los contratos de los mercados. No necesitaban el desorden de un «fascismo evangélico» que traería un desorden incorporado al caos comercial mundial; necesitaban un resultado que les permitiera seguir acumulando, desregulando selectivamente, exportando y evitando rupturas mayores.
El resultado exigía que el presidente no tuviera mayoría propia, que negociara permanentemente con el Centrão, el agronegocio, las financieras y los grandes grupos exportadores, y que su política económica se mantuviera lo bastante ortodoxa como para no desatar una crisis fiscal, cambiaria o inflacionaria.
La hipótesis central no es una conspiración del «Estado profundo» en sentido universal, sino la lógica del presidencialismo de coalición brasileño: un sistema que premia la fragmentación del poder y castiga a quien intente gobernar sin repartir. Las élites no necesitaban inventar ese mecanismo; solo aprovecharlo. En ese marco, un Lula contenido resultaba más útil que un bolsonarismo con poder pleno.
El mapa del Congreso configurado en octubre le entrega al Partido Liberal la primera minoría en ambas cámaras y refuerza un bloque de derecha y centroderecha capaz de imponer costos elevados a cualquier iniciativa del Ejecutivo. La primera vuelta cumplió la primera parte del diseño; la segunda vuelta abre una especulación más fina sobre cómo se va a gobernar ese equilibrio.
El resultado deja a Brasil con un Ejecutivo liderado por Lula y un Congreso fragmentado, donde cada reforma, cada presupuesto y cada nombramiento va a depender de negociaciones duras entre el Ejecutivo, el Centrão y los bloques de derecha.


