El campo entrerriano volvió a poner sobre la mesa una vieja herida: el abigeato. Funcionarios del Gobierno provincial y representantes del sector rural analizaron medidas para mejorar la seguridad en distintas zonas de Entre Ríos.
El acuerdo no fue para soltar frases sueltas. El punto central fue directo: hay que ordenar el patrullaje, endurecer los controles de hacienda y dejar de esperar a que la justicia se mueva sola. En un territorio extenso, donde el productor suele ser el primero en ver la señal, cualquier demora pesa como una losa.
El abigeato no es un delito menor para quien vive del campo: es una agresión al trabajo, a la familia y a la confianza. Cuando un productor pierde animales, pierde meses de esfuerzo, y si la causa judicial se estira, la sensación de impunidad crece. Por eso, la necesidad de agilizar las causas no es un detalle técnico: es el corazón del problema.
La palabra seguridad en el campo no alcanza con un slogan. Exige presencia, coordinación y respuestas claras. Si el patrullaje es irregular, el control de hacienda se vuelve letra muerta y la justicia no da señales, el mensaje que llega al productor es simple: nadie lo está cuidando. Ahí se rompe la confianza.
En una provincia donde la ganadería y la actividad rural siguen siendo parte de la identidad y de la economía, este acuerdo tiene que pasar del papel a la calle. No alcanza con reconocer el problema: hay que ejecutarlo. El productor no pide privilegios, pide que el Estado cumpla lo básico: proteger su trabajo y perseguir a quien lo roba.
No se trata de un problema puntual, sino de una amenaza que se repite en distintas zonas de la provincia. Por eso, la respuesta también tiene que ser integral: no solo policial, sino también administrativa, judicial y territorial. Si cada área trabaja por su lado, el abigeato encuentra grietas; si hay articulación, el delito pierde espacio.
El control de hacienda es, en muchos casos, la primera línea de defensa. No se trata de perseguir al productor, sino de ordenar el tránsito de animales, dejar constancia y cortar la cadena de la ilegalidad. Cuando ese control funciona, el abigeato se complica; cuando se descuida, el campo queda expuesto.
La próxima prueba será concreta: ¿se ve más patrullaje? ¿se controla mejor la hacienda? ¿las causas avanzan? Sin respuestas, el acuerdo queda en el aire. Con resultados, el campo puede recuperar algo que no debería tener que pedir: tranquilidad.


