La libertad de expresión tiene un precio cuando el poder decide quién habla y quién se va. En un contexto donde la respuesta oficial a la disidencia parece ser la censura, el periodista brasileño deportado tras sus críticas al presidente Javier Milei rompió el silencio en una entrevista exclusiva y detalló una secuencia de hechos que, según su relato, configura una persecución política en pleno ejercicio democrático.
El asunto no empezó con la expulsión, sino con un cruce virtual en julio. El cronista estaba en el país viendo la final del Mundial con amigos cuando tuvo un intercambio en redes sociales con Pablo Carreira, director digital del Gobierno, quien gestiona la cuenta Juan Doe y está al frente de la Oficina de Respuesta Oficial. Ese cruce, que en otras circunstancias se diluiría en el ruido de internet, encendió una alarma que trascendió el mundo digital y derivó en un apriete directo.
Días después de ese cruce, una camioneta de Migraciones se presentó en la vivienda del cronista. Preguntaron por él, simulando un chequeo de permanencia. “Ahí se encendió la alerta”, relató. No denunció el incidente ni tomó ninguna acción legal por el momento, ya que hay terceras personas involucradas y teme por su seguridad. Está estudiando qué pasos dar, pero el mensaje estaba claro: lo estaban vigilando.
La escalada llegó el 5 de agosto. La visa de residente fue cancelada. Pero no hubo notificación. “No me avisaron, no me notificaron para nada. Y yo recibo notificaciones del Gobierno. Tiene mi contacto. Me podrían haber avisado”, afirmó. Según explicó, la ausencia de notificaciones tenía un fin: “Esperaron a que yo llegue ahí para poder tener esta foto del periodista que criticó a Milei siendo expulsado del país”.
El cronista ingresó a la oficina de Migraciones con su DNI de residente argentino y se llevó la peor sorpresa. Ahí le avisaron que había una supervisión. Tardó una hora hasta que le informaron que tenía cancelada la visa de residente desde el 5 de agosto. La expulsión se concretó como la foto que el Gobierno necesitaba para mostrar su dureza ante los críticos.
“Ahora que tengo mi estatus derogado, estoy mencionando esto, incluso para mostrar la situación que es política: una persecución política en tiempos de democracia. Es algo muy grave con una persona que vivió en Argentina, para quien Argentina es como mi casa también”, sentenció. El caso deja al descubierto una lógica de poder donde la crítica no se debate, se silencia con la expulsión.


