Flávio Bolsonaro quedó a 2,96 puntos de alcanzar la presidencia de Brasil y ahora tiene una tarea de alta tensión: cerrar un acuerdo con la derecha para el balotaje del 25 de octubre. El candidato del Partido Liberal no ganó la primera vuelta con el margen que necesitaba, pero sí logró un resultado que le permite pelear por el Planalto si logra tejer la coalición correcta.
«Estoy muy contento con el resultado: casi 56 millones de brasileños me dieron este voto de confianza. Es una señal de que Brasil quiere un cambio», sostuvo Bolsonaro durante un discurso improvisado frente a sus partidarios. La frase resume la estrategia: convertir la primera vuelta en un piso y no en un techo.
En el otro lado, Lula deberá seducir a los más de 30 millones de brasileños que no fueron a votar por hartazgo con un sistema político que no satisfizo sus demandas de economía y seguridad urbana. «Vamos a trabajar para que las personas salgan, porque en este momento histórico de Brasil es necesario que la gente vote», afirmó ante sus militantes en San Pablo. La tarea no es simple: atraer al que se abstuvo suele ser más difícil que convencer al que ya eligió.
Bolsonaro también buscará a los votantes remisos, pero su principal apuesta está en sus exadversarios: Augusto Cury de Avante, Renan Santos de Missao y Rolando Caiado del Social Democrático. La propuesta es clara: un gobierno de coalición a cambio de votos. Juntos, esos dirigentes pueden aportar casi ocho por ciento de los sufragios, una cifra que implicaría la derrota de Lula en segunda vuelta.
Caiado defiende la propiedad privada, la seguridad y el orden público; Cury propone achicar el Estado, bajar los impuestos y desarrollar políticas sociales; Santos representa a la extrema derecha de Brasil. Nada de eso significa una desavenencia ideológica con el candidato del Partido Liberal. El cálculo es político: si la derecha se ordena, la segunda vuelta deja de ser una incógnita y pasa a ser una operación.
Bolsonaro tiene poco menos de tres semanas para anunciar un acuerdo electoral que le permita suceder a Lula en el Planalto. El líder del PT consideró que podría presentarse a un cuarto mandato y derrotar con cierto costo político a Bolsonaro, pero el electorado brasileño asumió que ya tiene 80 años y que sus proyectos pertenecen a una época pasada. Esa lectura condiciona el tablero: no alcanza con defender el pasado, hay que explicar el futuro.
El triunfo de la derecha en la primera vuelta sorprendió al establishment brasileño: ganó en 18 estados, eligió a 39 senadores y logró 388 diputados. Bolsonaro se presenta como una versión más neutra y liberal que su padre Jair, y esa imagen le abre una ventana que no estaba garantizada. Lula, en cambio, fue derrotado en su distrito, San Pablo, y perdió por una diferencia de dos millones y medio de votos. «Queda decretado el fin de la era del PT», sintetizó Bolsonaro.
A la derrota estructural de Lula se suma su creciente aislamiento en América Latina, donde Donald Trump construyó un bloque conservador que apoya su agenda geopolítica. El presidente de Brasil solo tiene de aliados a Yamandú Orsi de Uruguay y Claudia Sheinbaum de México, mientras Trump es apoyado por Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Honduras, Paraguay, Perú y Venezuela. Trump aguarda la derrota de Lula para resetear las relaciones bilaterales con Brasil, que se ha mostrado reacia a toda la agenda regional de la administración republicana.
El 25 de octubre se sabrá si Lula sobrevivió a Bolsonaro o si el giro a la derecha en Brasil extinguió un ciclo histórico que también tuvo como protagonistas a Hugo Chávez en Venezuela, Néstor Kirchner en Argentina y Evo Morales en Bolivia. La pregunta no es solo electoral: es sobre qué modelo político sigue dominando en la región y qué margen queda para la izquierda latinoamericana.


