En 1972, las familias inundadas de Concordia fueron trasladadas por el gobierno militar a la zona verde, un lugar sin agua, sin luz y sin condiciones mínimas de habitabilidad. Allí, las casillas fueron desarmadas y los palos y chapas de los ranchos quedaron arrojados en lo que hoy es el barrio Pancho Ramírez. La escena no es menor: marca el punto de partida de una historia de solidaridad que la dictadura apuntó a destruir.
El sacerdote Andrés Servín, de opción por los pobres, decidió acompañar a los vecinos y propuso un proyecto de autoconstrucción de casas alpinas. Las familias las levantaron con ayuda de militantes juveniles de la Juventud Peronista. La adjudicación no se resolvía por favores: se miraban las horas trabajadas y la cantidad de hijos de cada familia.
Esa experiencia quedó reconstruida en el libro Volver a las casas alpinas, de Alfredo Hoffman, editado por Editorial Aguará y el Colectivo Cultural. La obra pone en foco lo vivido en Concordia durante la década del 70, especialmente las formas que tomó la represión durante la dictadura cívico-militar. No es una nota de archivo: es memoria urbana, barrio, casa, calle y militancia.
Varios de los militantes que participaron en esa construcción fueron desaparecidos por la dictadura. Otros no sufrieron esa desaparición, pero sí padecieron el encierro como presos políticos. Es el caso de José Maca Godoy, que todavía vive en el barrio Pancho Ramírez, en una de esas casas alpinas.
Maca vivió dos años de encierro en la cárcel de Coronda, fuera de Entre Ríos, durante el gobierno militar. ¿Te imaginas un papel cayendo de un colchón en una cárcel? En medio de una requisa brutal, eso pasó: un colchón dejó caer un papel. Era llamativo porque no les dejaban tener papel ni lápiz: lo guardaron con avidez.
El papel era un poema, escrito por Victorio Paulón, aunque Maca no lo sabía. Ante el ocio reinante en el penal, se dio a la tarea de memorizarlo. Con el tiempo, se lo apropió tanto que se lo dedicó a su amada.
Cuarenta años después, murió un compañero que también había estado preso. Entonces Maca descubrió que el fallecido, Victorio Paulón, era el autor del poema que él había llevado en la memoria. El reencuentro no fue en una biblioteca ni en un archivo: fue en la conciencia, a través de una rima que resistió el encierro.
El texto dice: “Por qué rara emoción que estoy buscando”. Y más adelante: “Quiero saber cantar para cantarte”. Es una forma de decir que la poesía no es adorno: es memoria, afecto y resistencia.
La historia propone una lección dura: la dictadura apuntó a destruir la solidaridad, ese sentimiento profundo de lo colectivo, la ayuda al prójimo, la convicción de que nadie se salva solo. Las casas alpinas, aún presentes en el barrio Pancho Ramírez, fueron una propuesta contra el individualismo y contra el “sálvese quien pueda” que instalaron los genocidas.
La poesía transforma el dolor en una forma lírica, particular, de expresión de lo vivido. Como decía Primo Levi, el arte puede servir para “narrar lo indecible”. Cuarenta años después, un poema escrito en una cárcel vuelve a unirse a su autor y a la conciencia de Maca, y deja una memoria que no se puede apagar.


