La pregunta que se instala es directa: ¿puede el Gobierno seguir apostando a la gestión y la batalla cultural sin meterse de lleno en la política? Milei dijo en un diálogo con Bloomberg que la política no está entre sus intereses y que a él no le sienta. La frase, con su gesto de guitarrita, quedó como postal de una gestión que se define más por la convicción que por el cálculo parlamentario.
El análisis que circula en la política nacional subraya un punto incómodo: la incertidumbre se volvió un producto del propio Gobierno. Keynes advirtió sobre ese riesgo y la lectura que se hace es que este Gobierno, inspirado en doctrinas previas al keynesianismo, parece no enterarse. Si insiste en un nuevo mandato, el análisis plantea que deberá buscar mayor eficiencia en el ala que hoy desprecia, porque la certidumbre y la confianza son producto de la política.
El Senado dejó al descubierto inconsistencias que, según esa lectura, explican por qué el riesgo país sigue tomando altura. Javier Milei y Victoria Villarruel viajan a Francia y España, respectivamente, mientras un grupo importante de legisladores toma el descanso de septiembre. La cúpula del Gobierno queda descabezada y la colectividad política se toma el respiro más largo que se recuerda.
En el tablero legislativo, la oposición doblegó la intención del Gobierno de crear un estado de necesidad para el Banco Central. El objetivo oficial era blindar con voto calificado a los directores del organismo, pero había otro propósito más profundo: castrar al Senado. La oposición, actuando como una corporación de intereses suprapartidarios, decidió retener el poder de la cámara en el control del Banco Central.
Con el voto del peronismo se volteó la cláusula que compartía la designación de directores con la Cámara de Diputados. Para la lectura del debate, fue un triunfo de los senadores y un freno a la intención de licuar el poder de la cámara. Patricia Bullrich apareció como una de las piezas del apoyo opositor, y ese final le serviría para demostrar que cumple acuerdos, a diferencia del Ejecutivo.
El peronismo concentró durante medio siglo su fuerza en el Senado y eso le permitió controlar la designación de funcionarios del Poder Judicial y ejercer vigilancia sobre el Banco Central. Desde 2023 perdió ese poder en la Cámara y, con él, la capacidad de manejar el Poder Judicial. Ahora iba a perder también el control sobre el Banco Central, un poder tan fuerte que los gobiernos designaban directores en comisión.
Si la reforma se aprobaba, esa disminución de poder se volvería institucional. Por eso la rechazaron con convicción, con dos tercios de los votos, un umbral que impide que Diputados insista y la conmueva. El cierre deja una advertencia: sin política, sin acuerdos y sin control, la gestión puede seguir hablando de gestión, pero el país paga la incertidumbre.


