El dato que no aparece en la foto de la ONU es el que más duele: el pleno a Trump todavía no se ve en la economía. Milei volvió a mostrar su estilo audaz, cortejando a funcionarios de la administración de Donald Trump durante su paso por el organismo. La lectura que circula en la opinión pública es simple: si el respaldo político no se traduce en consumo, empleo e ingresos, el golpe de efecto queda en el estrado.
El año pasado, el Gobierno sorteó las legislativas de octubre después de un salvataje financiero del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent. La maniobra incluyó una incursión en el mercado interno para comprar pesos a cambio de dólares. Fue insólita, pero los votos masivos le dieron aire a la estrategia libertaria.
En el ajedrez que imagina el oficialismo para 2027 figura un financiamiento de US$ 7 mil millones para obras de infraestructura estratégica. La idea es conectar el Noroeste, zona rica en minería, y la cuenca de Vaca Muerta directamente con los puertos del océano Atlántico. El proyecto es de primer nivel, pero su maduración será lenta.
Otra apuesta es conseguir ayuda extra para salir del pantano económico. El superávit fiscal y la baja inflación resultan una fórmula necesaria, pero profundamente insuficiente para una población que sufre por bajos ingresos, dificultades de empleo y caída del consumo. Ahí está el punto ciego del relato oficial.
En su arrebato por congraciarse con Trump, el presidente argentino no reparó en cuidados. Se alineó con la idea de no ponerle freno al desarrollo de la Inteligencia Artificial, algo que quizá deberá explicar ante el papa Leon XIV, que visitará Argentina en noviembre. También atacó el multilateralismo al descalificar el desempeño de las Naciones Unidas.
La crítica a la ONU choca con la promoción que el propio gobierno hace de Rafael Grossi, de la Agencia Internacional de Energía Atómica, para presidir el organismo. ¿Cuántos apoyos se habrán caído con aquella ofensiva? El dato no aparece en los números, pero pesa en la cancha diplomática.
Milei tampoco vaciló para circunscribir Occidente a Estados Unidos e Israel. En pocos días estará en Francia y se entrevistará con Emmanuel Macron, justo en la realización de la Argentina week, destinada a convocar empresarios y atraer inversiones. Todo eso ocurrió en vísperas de que el líder libertario dijera “Europa se está hundiendo”.
El presidente prefirió soslayar el encuentro de Trump con el premier británico, Andy Burnham, donde se habló de la situación de las Malvinas. En el estrado de la ONU, en cambio, subió sus decibeles sobre el reclamo de soberanía. En 2024 había dedicado apenas 30 palabras al conflicto con Gran Bretaña; el año pasado no salió de la formalidad.
La semana pasada dedicó casi 7 de los 20 minutos de su discurso al tema, un 22% de toda la disertación. Ese empeño quedó de lado no bien se juntó con Benjamín Netanyahu, el premier de Israel. Entre ambos no se mencionó ni una palabra sobre Malvinas.
El dato incómodo es Navitas Petroleum, que participa en la exploración de hidrocarburos alrededor del archipiélago y es de origen israelí. La lectura más dura es que detrás de su presunta condición de empresa privada habría un blindaje. No está demostrado, pero el nudo queda en la mesa.
El impulso doméstico puede conservarse por los debates de las leyes que el Poder Ejecutivo envió al Congreso, sobre todo la de Defensa de la Soberanía Nacional. En el plano externo, en cambio, la demanda queda en el aire. Ahí se juega el próximo capítulo.


