domingo, septiembre 20, 2026
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Día del Jubilado: entre la lucha de los miércoles y la represión que no cesa

La palabra jubilación viene de júbilo. Pero para miles de adultos mayores en la Argentina de hoy, esa etimología suena a burla. Lo que debería ser una etapa de descanso y reconocimiento después de décadas de trabajo se convirtió, otra vez, en una pesadilla de haberes que no alcanzan, medicamentos que no se consiguen y un Estado que aparece, sí, pero con el carro hidrante y el bastón policial antes que con la asistencia.

No es la primera vez. En los años 90, en pleno auge del neoliberalismo menemista, los jubilados también salieron a la calle. Y también los reprimieron. Norma Plá se convirtió en el símbolo de esa resistencia: encabezó protestas históricas frente al Congreso de la Nación, los días miércoles, con una dignidad que avergonzaba a los que mandaban a pegarles. Cuando la detenían, Norma respondía sin titubear: “Siempre estoy detenida, pero no por ladrona ni por corrupta, sino por decirle la verdad a estos señores que nos están apaleando constantemente. Somos más pueblo que milicos. No se olviden de eso.” Nadie la olvidó.

En aquella misma época, Diego Maradona se plantó junto a los jubilados en una movilización y dijo lo que muchos callaban: “A muerte estoy con los jubilados, lo que les hacen es una vergüenza”. Fueron palabras que quedaron grabadas en la memoria colectiva, no porque las dijera una figura famosa, sino porque eran verdad y pocos tenían el coraje de pronunciarlas.

Hoy, el escenario se repite con una crueldad que ya no sorprende pero que tampoco debería normalizarse. Las jubilaciones mínimas no cubren alimentos, alquiler ni medicamentos. La represión a los manifestantes mayores volvió a las calles. Y una parte de la sociedad, animada por relatos que circulan en redes, justifica el abandono con la frase más perversa del momento: que los jubilados “siempre estuvieron mal”, como si la resignación fuera una respuesta válida a la injusticia.

En Entre Ríos, la situación tiene capas propias. A la licuación generalizada de los haberes se sumó una ley previsional provincial que, según sus críticos, quita derechos adquiridos. Y en Concordia, la ruptura del convenio del PAMI con un sanatorio privado dejó a muchos adultos mayores al límite del desamparo en materia de salud, sin alternativas claras ni respuestas institucionales a la altura de la emergencia.

Aun así, cada miércoles, en la plaza 25 de Mayo de Concordia, un grupo de jubilados se planta y marcha. Sin bastón o con él, con la presión alta o con el frío en los huesos, van. No porque crean que van a ganar mañana, sino porque saben que rendirse es la única derrota real. Esa memoria que no se apaga es, quizás, el legado más poderoso que Norma Plá dejó a quienes hoy siguen su camino.

Este Día del Jubilado encuentra a los adultos mayores argentinos en una encrucijada que el país ya conoce y que, sin embargo, parece incapaz de resolver. La pelea no terminó en los 90, no terminó después, y no termina hoy. Lo que sí termina, cada vez que un Estado reprime a una abuela en la calle, es cualquier pretensión de llamarse civilizado.

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