Treinta y cinco años parado detrás del mostrador. Eso es lo que acumula Roberto Meglio, ferretero de Paraná, un oficio que vio cambiar de punta a punta sin perder su esencia: saber qué necesita el cliente antes de que él mismo lo sepa.
En el marco del Día del Ferretero, Meglio hizo un balance honesto de su trayectoria y no esquivó la pregunta que más incomoda al sector: el avance del comercio electrónico. “La venta grande ya no está”, admitió sin vueltas, en una frase que resume una transformación que sacudió a los comercios de proximidad en todo el país.
El cambio no fue de golpe. Fue gradual, silencioso, como suelen ser los que más duelen. Primero llegaron los hipermercados con góndolas de ferretería, después las plataformas online que ofrecen desde un tornillo hasta una amoladora con envío a domicilio. El cliente que antes entraba a preguntar y se llevaba media ferretería hoy compara precios en el celular antes de cruzar la puerta.
Pero Meglio no se quedó en la queja. Lo que rescató es algo que ningún algoritmo puede reemplazar: el conocimiento del oficio. En una ferretería de barrio, muchas veces una consulta vale tanto como una venta. El vecino que no sabe qué bulón usar, el plomero que necesita una medida específica a las siete de la mañana, el jubilado que quiere arreglar algo en casa y no entiende el catálogo online. Para todos ellos, el ferretero sigue siendo una figura irremplazable.
Treinta y cinco años también son historia viva de la economía argentina. Meglio pasó por hiperinflaciones, convertibilidad, corralito, devaluaciones y la montaña rusa de los últimos años. Cada crisis dejó su marca en el mostrador: clientes que desaparecieron, proveedores que cerraron, precios que se actualizaban antes de que llegara la nueva lista.
El Día del Ferretero es una ocasión para reconocer un comercio que sostiene la cadena de la construcción y el mantenimiento cotidiano, muchas veces sin el reconocimiento que merece. En ciudades como Paraná, donde la actividad de la construcción y la refacción de viviendas mueve buena parte de la economía local, el ferretero de barrio sigue siendo un eslabón clave que resiste, se adapta y no cierra la persiana.


