El agua escasea y el comercio mundial lo paga. La máxima autoridad del Canal de Panamá anunció nuevas restricciones al paso de buques a partir de septiembre, en respuesta directa al déficit de lluvias que arrastra el fenómeno de El Niño. La medida no es menor: el canal es una de las arterias más críticas del transporte marítimo global.
El problema de fondo es sencillo de entender y difícil de resolver: sin lluvia suficiente, los niveles de agua en los lagos que alimentan el sistema de esclusas caen, y con ellos cae también la capacidad de operar con normalidad. Menos agua significa menos buques por día, y eso se traduce en cuellos de botella que se sienten en puertos de todo el mundo.
Las consecuencias no se quedan en Panamá. Las navieras internacionales deberán absorber mayores costos operativos, ya sea por demoras en los tiempos de tránsito o por la necesidad de buscar rutas alternativas más largas y caras. Ese sobrecosto, como suele ocurrir, tiene chances de trasladarse a los precios finales de los productos que viajan en esos barcos.
El impacto sobre las cadenas globales de suministro es la preocupación más seria. En un mundo que todavía no terminó de cicatrizar los desajustes logísticos de la pandemia, una restricción de esta magnitud en uno de los puntos de paso más estratégicos del planeta puede generar ondas que llegan lejos. Desde componentes industriales hasta granos y combustibles, buena parte del comercio entre el Atlántico y el Pacífico depende de esta vía.
El fenómeno de El Niño viene mostrando su cara más dura en distintas regiones del mundo, y el Canal de Panamá es uno de los escenarios donde la crisis climática se convierte, sin escalas, en crisis económica. Las restricciones entrarán en vigencia el próximo mes y las autoridades no anticiparon por cuánto tiempo se extenderán.


