El miércoles pasado, en plena jornada escolar, las cloacas de la escuela Moreno de Concordia se desbordaron. No fue un desperfecto menor: los desagües pluviales tienen conexión directa a la red cloacal dentro del edificio, y con la intensidad de las lluvias, el agua volvió por donde pudo. Agua de lluvia mezclada con agua servida inundó los sanitarios mientras los alumnos del subsuelo eran enviados a sus casas.
La rectora Marina Cremer lo describió sin vueltas: “Es como la casa de cada uno, donde es necesario reforzar, donde hacer desagües alternativos. Aquí se fue atando con alambre. Con las intensas lluvias, esto que no está preparado tiene problemas estructurales”. Los ordenanzas lograron controlar la situación ese mismo día, pero el problema de fondo no tiene solución rápida: las reparaciones necesarias son estructurales.
El edificio es antiguo, sin mantenimiento sistemático, y recibe a más de 1.000 estudiantes entre nivel inicial, primaria, secundaria y secundaria de adultos, más 150 docentes. La secundaria funciona en un subsuelo que nunca fue pensado para aulas ni oficinas. Hay dos aulas con filtraciones en el ala de calle Bernardo de Irigoyen, un sector que fue vivienda del director y luego reconvertido a espacio áulico sin las obras necesarias. El cielorraso del salón de actos se desprendió en 2022 y desde entonces esperan que alguien vaya a repararlo. Cuatro años de espera. La Dirección Departamental de Escuelas fue notificada del último desborde, pero Cremer fue directa: “Todavía estamos esperando que vengan a ver”.
El problema de fondo es más viejo que cualquier grieta: la escuela reclama un edificio propio desde hace 26 años. Sin ese espacio, la primaria cede su laboratorio a la secundaria, los horarios se acortan y la calidad educativa se resiente. No es una queja nueva. Es una deuda que se acumula con cada temporal.
A pocos kilómetros, la escuela N° 17 “Diógenes de Urquiza” tiene su propio capítulo. El 18 de julio, una cola de tornado que cruzó la ciudad arrancó un sector de aproximadamente 10 por 10 metros del techo, además de cenefas y otras estructuras. El agua entró al SUM, al depósito de Educación Física, al kiosco, a la biblioteca del nivel superior y dañó equipos electrónicos, computadoras y materiales de trabajo. La directora Diana Carmarán explicó que el techo había sido reparado años antes, pero con chapas antiguas colocadas al revés: “El arreglo de ese momento fue dar vuelta las chapas”. Con el viento, esas chapas volaron. La cenefa cayó sobre calle Nogoyá.
El lunes 20 de julio, personal de la Zonal de Arquitectura hizo un relevamiento y relevó los materiales necesarios. Mientras tanto, con las lluvias recientes, el agua sigue ingresando por el sector sin chapas, baja y corre por la galería. El resto de la escuela, con sus 15 aulas, sigue habilitado. Pero la biblioteca pedagógica y el depósito de materiales de educación física permanecen expuestos al cielo abierto.
Dos escuelas, dos historias distintas con el mismo denominador: infraestructura que no aguanta lo que la naturaleza ya no avisa que va a mandar.


