El sistema financiero argentino manda una señal de alerta: la mora en los créditos trepó a niveles récord y los bancos ya avisaron que van a poner la vara más alta para prestar, aunque al mismo tiempo esperan que la demanda de crédito siga creciendo. Una combinación que, para muchos deudores, puede traducirse en una sola palabra: portazo.
Una encuesta del Banco Central de la República Argentina (BCRA) reveló que las entidades financieras anticipan un repunte en la actividad crediticia en los próximos meses. Pero ese optimismo viene con letra chica: los bancos planean endurecer las condiciones de acceso al crédito, precisamente porque la morosidad del sistema no para de escalar.
Lo que más llama la atención es el perfil del moroso. Un estudio incluido en el relevamiento concluyó que dos de cada tres nuevos deudores en situación irregular no habían incrementado sus deudas por encima del promedio del sistema. Es decir, no se endeudaron de más: simplemente dejaron de poder pagar lo que ya tenían. El fenómeno se atribuye principalmente a una pérdida de capacidad de pago, lo que apunta directamente al deterioro del ingreso real de las familias.
¿Qué significa esto en la práctica? Que el problema no es solo de quienes se excedieron tomando préstamos, sino de una franja amplia de la población que, con deudas razonables, ya no llega a fin de mes para cubrirlas. La inflación acumulada, la caída del salario real y la suba de tasas en determinados períodos dejaron su huella en los bolsillos de manera silenciosa pero contundente.
El escenario que se viene es paradójico: más gente va a querer crédito, pero los bancos van a ser más selectivos para otorgarlo. Quienes más lo necesitan —los sectores de menores ingresos o con historial crediticio deteriorado— serán, previsiblemente, los primeros en quedar afuera del sistema formal. Y eso tiene consecuencias: el crédito informal, con tasas usurarias, siempre espera en la esquina.
Para la economía en su conjunto, la señal es mixta. El repunte esperado en la demanda de crédito sugiere que hay sectores que apuestan a la reactivación, pero el endurecimiento de las condiciones puede actuar como un freno justo cuando el consumo necesita oxígeno. Los bancos, por su parte, hacen lo que cualquier prestamista hace cuando la mora sube: cuidan su cartera antes que el crecimiento del negocio.
El dato de fondo es que la mora récord no es un accidente técnico ni un problema de educación financiera: es el reflejo de una economía que todavía no terminó de absorber el golpe de años de deterioro en el poder adquisitivo. Mientras ese proceso no se revierta, el acceso al crédito seguirá siendo un privilegio para pocos y una promesa incumplida para muchos.


