El bolsillo no aguanta más. Las ventas en supermercados de Entre Ríos acumularon una caída del 6,2% en los últimos cinco meses, una señal clara de que el poder adquisitivo de las familias entrerrianas sigue bajo presión. No es un dato aislado: la tendencia se repite en la mayoría de las provincias del país, aunque con distinta intensidad.
El panorama regional es todavía más duro en algunos casos. Las bajas más pronunciadas del período se registraron en La Rioja con un -12,2%, Misiones con un -14,3% y Corrientes con un desplome del -22,7%, siendo las únicas tres jurisdicciones que alcanzaron caídas de doble dígito. Frente a esos números, el -6,2% entrerriano podría parecer moderado, pero no deja de ser una contracción significativa del consumo cotidiano.
¿Qué explica esta sangría en las góndolas? La respuesta es conocida pero no por eso menos preocupante: la pérdida sostenida del poder de compra de los salarios. Cuando el sueldo no alcanza para cubrir la canasta básica, lo primero que se ajusta es el carrito del supermercado. Se compra menos cantidad, se migra a marcas más baratas o directamente se deja de comprar ciertos productos. El consumo masivo funciona como un termómetro fiel del estado real de la economía familiar.
En Entre Ríos, la caída del consumo en supermercados refleja un escenario que los comerciantes y las familias vienen sintiendo desde hace meses. La inflación acumulada, la lenta recuperación de los ingresos reales y la incertidumbre económica general configuran un combo que golpea directo en el consumo diario. No hace falta un economista para entenderlo: alcanza con ver los tickets en la caja.
El dato de los cinco meses es un llamado de atención que no debería pasar desapercibido para quienes toman decisiones de política económica, tanto a nivel provincial como nacional. El consumo interno es uno de los motores más sensibles de la actividad económica, y cuando se frena, el impacto se siente en toda la cadena: desde los productores hasta los empleados del sector comercial.


