El número es brutal y no da lugar a interpretaciones: entre $40 y $50 por kilo de fruta en planta. Eso es lo que reciben hoy los productores citrícolas de Entre Ríos, según advirtió Marcos Dal Mazo, referente del sector. Con ese precio, apenas se cubren los gastos corrientes. Nada más. Ni un peso para reinvertir, ni un peso para preparar la temporada siguiente.
La advertencia es directa y sin rodeos: “Está en riesgo la próxima campaña”. No es una frase de efecto ni una queja de ocasión. Es la descripción de una ecuación que no cierra. Si un productor no puede reinvertir en su propio campo, el ciclo productivo se rompe. Y cuando eso pasa en la citricultura, los efectos no se sienten en una semana: se sienten en la temporada siguiente, cuando la fruta no está, cuando los trabajadores no tienen empleo y cuando las plantas de empaque operan a media máquina.
La citricultura es uno de los pilares económicos del noreste entrerriano. Miles de familias, entre productores, trabajadores rurales, empacadores y transportistas, dependen directa o indirectamente de que la cadena funcione. Cuando el precio en planta no cubre los costos de producción, la primera reacción del productor es recortar: menos agroquímicos, menos mano de obra, menos mantenimiento. El resultado es fruta de menor calidad o, directamente, lotes que se abandonan.
El reclamo de Dal Mazo apunta a una brecha que se viene ensanchando hace tiempo: los costos de producción suben al ritmo de la inflación, pero el precio que pagan los intermediarios o las empacadoras no acompaña ese ritmo. El productor queda atrapado en el medio, absorbiendo pérdidas que el sistema no reconoce ni compensa.
Lo que está en juego no es solo la rentabilidad de unos pocos campos: es la viabilidad de una actividad que sostiene economías locales enteras en la región. Si la próxima campaña se compromete por falta de inversión en la actual, el costo social y económico va a ser mucho más alto que cualquier medida de apoyo que se pueda articular después.


