París, Francia, amaneció con un cielo gris y una ciudad que parecía salir de un tornado. La capital francesa despertó devastada tras la oleada de violencia del 17 de octubre.
Con la salida del sol, los vándalos dejaron de robar y llegaron los propietarios a ver sus locales.
En el Faubourg St. Antoine, al lado de la Bastilla, la boutique Orange fue completamente destruida y quemada. Aún estaban los bomberos, pero nada quedaba en pie.
“Jamás visto. Todos hemos perdido el trabajo”, admite Jamal, uno de los encargados, frente a los escombros.
Otras empresas de telefonía también quedaron expuestas: Free tapó su vidriera con madera, mientras SFR y Bouygues fueron saqueadas.
Los supermercados reparaban sus vidrios y el Monoprix de la esquina fue recubierto de madera para no sumarse a los 50 supermercados asaltados.
El banco Caisse d’Épargne imitó la defensa: cubrió sus cajeros automáticos y sus puertas como para resistir un vendaval.
Pero nada quedó en pie que despertara la codicia: joyerías, tiendas de videojuegos, boutiques de ropa, zapatillas e indumentaria deportiva fueron arrasadas.
La tensión no terminó: hay una convocatoria no autorizada para las dos de la tarde en la plaza de la República, símbolo de los desmanes. Se autoconvocaron mediante redes sociales y la policía antidisturbios CRS 8 ya se encuentra allí.
París fue tomada por asalto: destrucción, pillaje, feroz violencia e incendios.
Hubo 1.800 detenidos, 150 policías heridos y 1.500 negocios destruidos y robados en una ola que sacudió el orden en toda Francia.
También se registró un muerto en el boulevard Magenta de París por un paro cardiorrespiratorio.
Un cielo gris cubre una ciudad arrasada, con autos quemados, boutiques saqueadas y locales informáticos destruidos.
Barrios como el X, el XI y el XVI sufrieron los daños y el pillaje de lo que representaba su lujo.
París despierta atónita ante los destrozos, con vecinos indignados y sin entender el porqué de esta violencia.
Hay montones de cristales rotos, plástico derretido, marcos de vidrieras arrancados, ruedas de bicicleta calcinadas, barricadas y cientos de cajas vacías de videojuegos.
El dueño de un bar que sobrevivió llega con café y medialunas para los que limpian, en un pequeño acto de solidaridad y humanidad.
En el boulevard Voltaire parece como si un tornado hubiera arrasado las vidrieras de todos los comercios que dan a la calle. Por allí pasaron las marchas no autorizadas.
Entre los vecinos que apartan los escombros, una adolescente vestida de negro sortea con cuidado los restos de la batalla campal. Con una bolsa de basura en la mano, finge retirar trozos de adoquines, pero en realidad agarra una caja de videojuego y, con la rapidez de un rayo, la esconde en su improvisada bolsa.
Sin embargo, los empleados de la tienda Manga Story se dan cuenta de la maniobra y la interceptan bruscamente: “¿Qué llevas en la bolsa? ¡Déjalo ahí!”.
La joven, que no llega a los quince años, responde: “¿Por qué me agredís? ¡No me hables así!”. Después agrega que todo el mundo se ha llevado cosas y que ella también.
La ciudad enfrenta ahora la tarea de limpiar, reparar y entender una noche que dejó un saldo enorme: negocios destruidos, detenidos, policías heridos y una tensión que sigue latente en la plaza de la República.


