En Paraná, la separación de residuos se está instalando como una tarea que no empieza en la calle, sino en cada hogar. El avance llega de la mano del trabajo con vecinales y de la incorporación progresiva de contenedores diferenciados.
La idea es simple, aunque no simple: que el vecino sepa qué va en qué bolsa, qué se separa y qué no. Porque si el residuo llega mezclado, el esfuerzo posterior se vuelve más caro, más lento y menos efectivo. Ahí aparece la clave: comenzar en cada hogar.
En ese sentido, Dante Gariboglio puso el acento en la importancia de empezar por lo cotidiano: la basura de la casa, el gesto de separar, la costumbre de no mezclar. No es un detalle menor. Es el punto de partida para que el sistema funcione y para facilitar la tarea de los recicladores urbanos.
Trabajar con las vecinales tiene sentido porque son los primeros en conocer el terreno: las calles, los problemas, los vecinos que pueden sumar o los que todavía no entienden el porqué. No es una campaña de carteleras. Es trabajo de barrio, de palabra, de explicación y de paciencia.
La incorporación progresiva de contenedores diferenciados también es parte del camino. No se trata de poner un tacho y esperar que la ciudad cambie sola. Se trata de acompañar el hábito con infraestructura, de dar una señal clara y de hacer visible que la separación existe, que vale la pena y que hay un destino para lo que se aparta.
¿Y por qué importa tanto lo que pasa en el hogar? Porque ahí se decide gran parte del resultado. Una bolsa bien separada alarga la vida útil del residuo, reduce el trabajo posterior y le da sentido a la tarea de quienes recogen y clasifican. Si el vecino entiende el proceso, el sistema funciona mejor; si no, todo se vuelve un esfuerzo tirado a la basura.
El mensaje es claro: la separación de residuos no es un tema de especialistas ni de grandes obras. Es un asunto de hábitos, de constancia y de responsabilidad compartida. En Paraná, el camino ya empezó, y la próxima parada es que cada hogar lo convierta en rutina.
El cambio no se mide solo en toneladas, sino en gestos repetidos: apartar el plástico, no mezclar el papel, entender que la basura también tiene un recorrido. Cuando ese gesto se vuelve cotidiano, la ciudad empieza a ordenarse desde abajo, con menos improvisación y más sentido común.


