domingo, octubre 4, 2026
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Tres jueces y el no ciudadano a la ley de tierras

El 6 de agosto, según una lectura que circula con fuerza, las plazas y calles de todo el país dijeron La patria no se vende frente a la Ley de Extranjerización de Tierras. Ahora, tres jueces de la Corte Suprema de la Nación habrían revirtido ese veredicto ciudadano y devuelto el debate a un plano que la calle no quería volver a escuchar.

La disputa nombra a Horacio Rosatti, presidente; Carlos Rosenkrantz, vicepresidente; y Ricardo Lorenzetti, ministro, como los tres integrantes que, para quienes critican la decisión, dejaron en evidencia una representación invertida. No es una frase menor: pone en el centro la pregunta incómoda sobre quiénes eligen, a quién responden y qué peso tiene la voz ciudadana cuando el poder judicial se mueve con una lectura de tribunal supremo.

La bronca no nace en un despacho: nace en la plaza. Quienes sostienen esa postura afirman que la ciudadanía expresó un no contundente contra la venta indiscriminada de tierras nacionales y que sus representantes hicieron lo que el pueblo soberano imponía. Ahí aparece el punto más caliente: si la democracia directa hablaba tan claro, ¿por qué tres jueces vitalicios pueden reescribir ese resultado sin representar a nadie?

El debate se lleva más lejos y se vuelve cultural. Una interpretación sostiene que, en la Argentina, la cultura propia terminó tratada como exótica, marginal o bárbara, mientras lo foráneo aparece como civilizado. Esa mirada, aplicada a lo político, explicaría por qué la voz del pueblo es derribada por un artificie tecnicista y por la palabra de tres jueces de la Justicia, en una definición que, según esa lectura, el presidente califica de terrorista.

Para respaldar esa idea, se cita a Natalio Botana y su libro El Orden Conservador. La cita habla de una lógica en la que quien elige no es el ciudadano, sino el gobernante, y la autonomía individual se vuelve voluntad corporativa del gobierno. Con ese marco, la actuación de los tres jueces se presenta como una reversión de la representación al servicio de intereses que, según esa lectura, son más foráneos que nacionales.

El dato duro queda en el aire: los interesados en adquirir tierras en gran magnitud no aparecen como vecinos, sino como operadores de escala. La disputa no es solo jurídica; es de poder, de soberanía y de quién puede decidir sobre el suelo argentino. Si la tierra se convierte en moneda de cambio, la pregunta no se cierra con un fallo: se abre en cada plaza, en cada campo y en cada decisión que todavía le queda a la ciudadanía.

La decisión judicial deja en pie un conflicto que trasciende la Corte: el de la propiedad de la tierra, los intereses foráneos y la soberanía. En un país donde el suelo define identidades, cada fallo sobre tierras termina siendo también una declaración de quién manda en la mesa.

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