Brasil se juega el domingo 4 de octubre una elección presidencial que ya no se parece a una carrera normal. Lula y Flávio Bolsonaro cerraron la propaganda televisiva el jueves con el mensaje de la cercanía, y ahora van a São Paulo para los últimos actos de campaña.
Los sondeos lo tienen al actual mandatario al frente, pero sin una ventaja que le asegure el triunfo directo. La misma semana anticipa una posible segunda vuelta el 25 de octubre, y ahí el mapa político se te complica.
La pelea no es solo por la Presidencia. El domingo se renuevan la Cámara de Diputados, parte del Senado y las gobernaciones de los 27 estados brasileños. Para evitar el balotaje, un candidato necesita superar el 50 % de los votos válidos, y las mediciones de la última semana dicen que ninguno llega.
El Senado es el verdadero tablero escondido. Se renuevan 54 de las 81 bancas, dos tercios de la Cámara Alta, y el dato no es menor: en abril, ese mismo cuerpo rechazó al candidato de Lula para el Supremo, Jorge Messias, por 42 votos contra 34. Fue la primera vez en 132 años que una nominación al STF cayó en el recinto, dejando un sillón vacante.
La disputa también tiene olor a interferencia. La Procuraduría General de Brasil pidió el jueves investigar un supuesto plan del gobierno de Donald Trump de utilizar fondos públicos para promover una “agenda de extrema derecha” en el país. El procurador Jorge Messias presentó la petición un día después de que un artículo afirmara que el gobierno estadounidense planea financiar con un millón de dólares organizaciones que se oponen al Supremo Tribunal Federal.
Messias lo planteó con dureza: el artículo es “una importante alerta para la soberanía brasileña” y Brasil “no puede admitir que intereses políticos extranjeros pretendan interferir” en sus instituciones. La frase suena a advertencia, pero también a señal de que la elección se juega con el ruido diplomático de fondo.
En la campaña, los dos grandes candidatos eligieron São Paulo para los mítines finales del sábado 3 de octubre. El Tribunal Electoral permite los actos electorales hasta las 22:00 del día anterior a las elecciones, así que el sábado se te estira la jornada para los equipos de campaña.
La sombra de Jair Bolsonaro sigue en el tablero. El expresidente pidió al Supremo la anulación de su condena por golpismo a través de una nueva revisión criminal, y la defensa presentó el recurso el 25 de septiembre. Mientras tanto, su hijo Eduardo Bolsonaro apareció en un video publicado el miércoles 30 prometiendo hacer “una limpieza” en Itamaraty si Flávio gana.
Eduardo dijo que ha “mapeado” a los embajadores que entraron y salieron de puestos durante el gobierno de Lula y que estará “encima” de los funcionarios que “sabotearon” el gobierno de su padre. Son palabras de campaña, pero en una elección tan polarizada cada promesa pesa como una advertencia.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró el jueves que sigue las elecciones en Brasil “muy de cerca” y que son “muy importantes”. No mencionó si apoya a algún candidato, pero el simple gesto de mirar de cerca ya le pone pimienta a una elección que se define entre Lula y Flávio Bolsonaro.
Más allá del ruido, el electorado brasileño va a votar seis veces en una misma secuencia: presidente, gobernador, diputado federal, diputado estadual y dos senadores distintos. Para el Senado gana el más votado, sin segunda vuelta, y ahí puede definirse el próximo tablero de poder.


