No fue un hecho menor: un policía que participó de la sedición de Concordia volvió a ser condenado, esta vez por abuso sexual a un menor. La sentencia se dictó en el marco de un juicio abreviado, con acuerdo entre la defensa y la fiscalía.
El acuerdo estuvo entre el defensor Alejandro Giorgio y la fiscal Daniela Montangie, con el consentimiento de las víctimas. El vocal Pablo Garrera Allende fue quien dictó la condena.
El dato que enciende la polemica es que Carlino no era un desconocido para la historia reciente de la fuerza. Ya había sido condenado por su participación en la toma de la Jefatura Departamental Concordia, en diciembre de 2013.
Ese episodio ocurrió durante un reclamo por aumentos salariales y mejoras laborales, cuando un grupo de efectivos tomó la jefatura. La causa dejó una condena previa que hoy vuelve a poner en foco la conducta de la policía.
En julio de 2015, el Tribunal de Juicio y Apelaciones de Concordia lo condenó a tres años y medio de prisión y siete años de inhabilitación. Esa condena anterior ya formaba parte de su historia.
La integración del tribunal fue Jorge Barbagelata, Silvina Gallo y Darío Perroud. Los nombres pesan porque la sentencia anterior no fue un acto menor.
Ahora, la nueva condena por abuso sexual agrava la imagen de un policía que ya estaba marcado por la sedición. No se trata de un error aislado, sino de una trayectoria que vuelve a golpear la confianza ciudadana.
La pregunta que queda en la calle es simple: ¿cómo se controla a quienes tienen la autoridad y el uso de la fuerza? Si la sedición ya había expuesto una crisis interna, esta condena muestra que el problema no se resolvió con una sola sentencia.
El caso vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de revisar la disciplina policial, los mecanismos de control y el accionar de la justicia frente a los uniformados. En Concordia, la historia ya lo había advertido: cuando la fuerza se quiebra, el precio lo pagan los vecinos.
Tampoco alcanza con señalar al individuo y dejar la historia en la escena judicial. La pregunta de fondo sigue siendo la institución: qué falló, quién controló y por qué un policía con esa historia volvió a estar en el centro de una nueva causa.
Vos sabés que en una ciudad como Concordia, la policía no es un tema abstracto: está en la calle, en la noche y en el miedo. Cuando uno de los suyos aparece condenado por abuso sexual, la herida es doble.
La sentencia de Pablo Garrera Allende cierra un capítulo, pero no borra el antecedente. Lo que queda es una advertencia: la sedición y el abuso no son dos chispas sueltas, son señales de una fractura que la ciudad necesita nombrar sin miedo.


